Este fin de semana fui invitada a la boda de mi prima “la güera”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, ¿la razón? Que tenía forzosamente que ir a misa. Sí, declaro que soy una de las tantas personas que cuando las invitan a los bautizos, comuniones, bodas, XV años y demás acontecimientos que requieren de una ceremonia religiosa previa a la celebración del evento, hacen caso omiso a esta ceremonia y llegan directamente a la comida y a la fiesta. Obviamente como se trataba de “la güera”, esta vez no había como escaparme, y es que para mi ir a misa se ha vuelto un viacrucis, después de que cada domingo, sin excepción, mi abuela me llevaba casi a rastras.
Durante varios años me perdí el inicio de “En Familia con Chabelo” y su frase "ahora sí, vámonos con los cuates de la provincia... adelante señor Aguilera, ¡vámonoooooooos!"
Y todo por el salvajismo de bañarse a las 6:00 a.m. ¡No tiene perdón! Ni siquiera ha salido el sol, es desde el baño que uno se prepara física, mental y emocionalmente para lo que viene: salir 6:30 y caminar 10 cuadras hasta la iglesia con el síndrome del medio: medio dormida, medio comida, medio bañada, medio despierta, medio pendeja...
Claro que de eso ya han pasado unos cuantos años, la gente cambia, los niños crecen y maduran (ajá), así que un poco por resignación, otro poco por ser la boda de “la güera” y un tanto más porque la misa era a las 18:00 horas, fue que decidí enfrentar a los recuerdos del pasado. Ahí iba yo, con una gran sonrisa y cómo no, después de haber tomado seis tazas de café espresso doble -tenía la firme intención de ni siquiera parpadear- y fue justo al momento de entrar a la iglesia que sentí regresar a mis 10 años.
Mi abuela, aquella que me llevaba todos los domingos a misa, me tomó por el brazo y exclamó con tono sarcástico: “Tú te sientas conmigo”. Las abuelas tienen una extraña fascinación por sentarse en primera fila, y me pregunto: ¿las bendiciones son más poderosas desde ahí? ¿llegan con más fuerza?
Hasta adelante hay que sentarse, y pasados cinco minutos los ojos comienzan a cerrarse, y no es que uno lo haga a propósito, a ciertas horas del día el cuerpo tiene autonomía –el mío casi a todas horas, sobre todo la boca, que me ha metido en infinidad de circunstancias-. Una hace un esfuerzo por no quedarse dormida, y es que las señoras malencaradas, viejitas (y muchas seguramente pecadoras), que cantan con voz tétrica "bendiiiiiiito, bendiiiiiiiiiiito, bendiiiiiito es el que viene en nombre del Seeeeñooooor...", son más eficaces que cualquier somnífero, claro, siempre y cuando no las escuche de madrugada, porque no sólo se me va el sueño, sino hasta el azúcar por los cielos.
Lo más pesado viene a la mitad de la misa, los ojos se vuelven cada vez más pesados, la cabeza se balancea hacia delante y hacía atrás como péndulo. De pronto, cuando estás apunto de azotar, levantas la cabeza de golpe y abres los ojos como máquina de casino –esas de las manzanitas y cerecitas-, sacudes la cabeza, en un intento fallido por despertar (esta acción se repite hasta que cambias de posición).
De pronto el Padre te dice: “hincaaadoooos” (algunas veces me he preguntado si para dar misa siguen un curso o algo así, porque casi todos usan el mismo tono de voz y la misma duración para cada frase, como si todo ya lo tuvieran prediseñado y sólo apretasen un botón para activar las órdenes) .
Hincada y recargada en la banca de en frente no puedes más, el sueño te vence en cualquier momento, si a eso le sumas el sermón del Padre, que parece recitarlo con toda la intención de arrullarte, con suerte cabeceas unas cuantas veces más. Lo peor que te puede pasar es que azotes la cabeza contra la madera y, lejos del dolor que pueda causarte, existe la pena ajena que causas en los demás. Fue entonces que descubrí las razones de mi somnolencia: ¡nadie reza! Sólo murmuran o repiten la última palabra, ¡eso es trampa! Yo sintiéndome mal por no acordarme de las letanías y todo mundo dice “hbsubsbste… amén”.
En esas estaba cuando oigo decir: “la Paz os dejo, la paz os doy…” Ay no por favor, tengo que darle la mano a las viejitas enojonas, además seguramente verán mi cara de flojera y a cambio me mostrarán su cara de “pelea de perros”. Tenía razón: Doña Aurora, esa señora gorda y amargada, aquella que nunca quería devolverme mis pelotas, sólo porque le pegaba a sus amadas plantas, es la primera en darme la mano con una gran sonrisa (pienso: “¡qué hipócrita! Claro, se ríe por todas las pelotas que confiscó, cómo no, por su culpa mi economía en la niñez no era muy buena…”).
Yo esbozo también una sonrisa. Pero si ahí estaba Doña Alma, la culpable de que nos quedáramos media hora más. Todos los domingos ponía al tanto a mi abuela de lo sucedido en la colonia. ¿Quién las habrá invitado? –sonrío nuevamente-. Tengo dolor en las palmas de las manos, y ya no sé si es por agarrarme de la banca que se encuentra enfrente de mí o por saludar tantas manos rasposas, y aún faltaba rato.
Esa tarde descubrí que, no importa cuánto crezca y haga, no puedo olvidar aquellos domingos cuando mi día comenzaba a las 6:00 a.m. Sólo espero sinceramente que “la güera”, con el pinche carácter que se carga, dure por lo menos un año casada.
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Durante varios años me perdí el inicio de “En Familia con Chabelo” y su frase "ahora sí, vámonos con los cuates de la provincia... adelante señor Aguilera, ¡vámonoooooooos!"
Y todo por el salvajismo de bañarse a las 6:00 a.m. ¡No tiene perdón! Ni siquiera ha salido el sol, es desde el baño que uno se prepara física, mental y emocionalmente para lo que viene: salir 6:30 y caminar 10 cuadras hasta la iglesia con el síndrome del medio: medio dormida, medio comida, medio bañada, medio despierta, medio pendeja...
Claro que de eso ya han pasado unos cuantos años, la gente cambia, los niños crecen y maduran (ajá), así que un poco por resignación, otro poco por ser la boda de “la güera” y un tanto más porque la misa era a las 18:00 horas, fue que decidí enfrentar a los recuerdos del pasado. Ahí iba yo, con una gran sonrisa y cómo no, después de haber tomado seis tazas de café espresso doble -tenía la firme intención de ni siquiera parpadear- y fue justo al momento de entrar a la iglesia que sentí regresar a mis 10 años.
Mi abuela, aquella que me llevaba todos los domingos a misa, me tomó por el brazo y exclamó con tono sarcástico: “Tú te sientas conmigo”. Las abuelas tienen una extraña fascinación por sentarse en primera fila, y me pregunto: ¿las bendiciones son más poderosas desde ahí? ¿llegan con más fuerza?
Hasta adelante hay que sentarse, y pasados cinco minutos los ojos comienzan a cerrarse, y no es que uno lo haga a propósito, a ciertas horas del día el cuerpo tiene autonomía –el mío casi a todas horas, sobre todo la boca, que me ha metido en infinidad de circunstancias-. Una hace un esfuerzo por no quedarse dormida, y es que las señoras malencaradas, viejitas (y muchas seguramente pecadoras), que cantan con voz tétrica "bendiiiiiiito, bendiiiiiiiiiiito, bendiiiiiito es el que viene en nombre del Seeeeñooooor...", son más eficaces que cualquier somnífero, claro, siempre y cuando no las escuche de madrugada, porque no sólo se me va el sueño, sino hasta el azúcar por los cielos.
Lo más pesado viene a la mitad de la misa, los ojos se vuelven cada vez más pesados, la cabeza se balancea hacia delante y hacía atrás como péndulo. De pronto, cuando estás apunto de azotar, levantas la cabeza de golpe y abres los ojos como máquina de casino –esas de las manzanitas y cerecitas-, sacudes la cabeza, en un intento fallido por despertar (esta acción se repite hasta que cambias de posición).
De pronto el Padre te dice: “hincaaadoooos” (algunas veces me he preguntado si para dar misa siguen un curso o algo así, porque casi todos usan el mismo tono de voz y la misma duración para cada frase, como si todo ya lo tuvieran prediseñado y sólo apretasen un botón para activar las órdenes) .
Hincada y recargada en la banca de en frente no puedes más, el sueño te vence en cualquier momento, si a eso le sumas el sermón del Padre, que parece recitarlo con toda la intención de arrullarte, con suerte cabeceas unas cuantas veces más. Lo peor que te puede pasar es que azotes la cabeza contra la madera y, lejos del dolor que pueda causarte, existe la pena ajena que causas en los demás. Fue entonces que descubrí las razones de mi somnolencia: ¡nadie reza! Sólo murmuran o repiten la última palabra, ¡eso es trampa! Yo sintiéndome mal por no acordarme de las letanías y todo mundo dice “hbsubsbste… amén”.
En esas estaba cuando oigo decir: “la Paz os dejo, la paz os doy…” Ay no por favor, tengo que darle la mano a las viejitas enojonas, además seguramente verán mi cara de flojera y a cambio me mostrarán su cara de “pelea de perros”. Tenía razón: Doña Aurora, esa señora gorda y amargada, aquella que nunca quería devolverme mis pelotas, sólo porque le pegaba a sus amadas plantas, es la primera en darme la mano con una gran sonrisa (pienso: “¡qué hipócrita! Claro, se ríe por todas las pelotas que confiscó, cómo no, por su culpa mi economía en la niñez no era muy buena…”).
Yo esbozo también una sonrisa. Pero si ahí estaba Doña Alma, la culpable de que nos quedáramos media hora más. Todos los domingos ponía al tanto a mi abuela de lo sucedido en la colonia. ¿Quién las habrá invitado? –sonrío nuevamente-. Tengo dolor en las palmas de las manos, y ya no sé si es por agarrarme de la banca que se encuentra enfrente de mí o por saludar tantas manos rasposas, y aún faltaba rato.
Esa tarde descubrí que, no importa cuánto crezca y haga, no puedo olvidar aquellos domingos cuando mi día comenzaba a las 6:00 a.m. Sólo espero sinceramente que “la güera”, con el pinche carácter que se carga, dure por lo menos un año casada.