MI MEJOR EPOCA




Hay tanto que contar del Colegio, que no me alcanza un mes para terminar: compañeros, amigos, maestros... por favor, son siete horas de lunes a viernes, durante casi doce años, por lo que he decidido hacer un resumen global de los hechos ocurridos en esta etapa. Es todo un acontecimiento, los convivios, las kermés, las pastorelas... cuando eres niño tienes a todas las maestras atentas y esmeradas montando las coreografías –años más tarde se termina el encanto-.

Al momento de la verdad se encuentran junto con tu madre frente a ti bailando la coreografía completa con la gracia de un oso polar. Con trabajos puedes pronunciar las “erres”, pero todo lo que sale de tu boca causa ternura, te ves divino en tu disfraz de angelito, de diablito... Es más, aun si eres un simple pastorcito, y no digamos en el desfile de primavera, disfrazado de abejita, flor o algún miembro del reino animal.
Las salidas al receso, en las que te abres paso entre toda la manada para poder ganar un lugar en la fila de la cooperativa, con todos tus sentidos en tu compra, ¿para qué te alcanza? ¿cuánto te sobra? ¿cuánto tiempo tienes para comerlo? ¿lo podrás guardar para disfrutar después, en clase?

Hoy es el momento de finalizar estas historias, de decir adiós y quedar en el pasado las anécdotas, los amigos, los maestros…
La escuela, la época en la que te formas, aquella en la cual comienzas siendo un niño y luego, después de unos años, descubres lo difícil que es ser comprendido, porque si bien no eres un adulto, tampoco quieres ya ser tratado como niño, eres algo raro que se llama adolescente, aquel ser que es infinitamente incomprendido, odiado y subestimado, a quién sólo lo entienden sus amigos.
A lo largo de estos doce años has cambiado de opinión millones de veces, todos creen que estas loco. Todos menos un reducido grupo de personas, que casualmente van en tu salón. Seguramente te has dado cuenta con qué facilidad puedes odiar y querer, odiar y volver a querer a esos "niños". Y cómo no, si convives más de seis horas al día con ellos.
Es aquí donde las grandes ideas y sueños se forman, es una fábrica de sonrisas, de lágrimas, de satisfacciones, de responsabilidades, de anécdotas, pero sobre todo una fábrica de magia, de ilusiones, de incertidumbre, por un camino que no sabes a dónde te llevara
Despacio y poco a poco comenzarán a explorar nuevos cielos. Sé que existe el miedo, pero es parte del proceso de crecer, aún queda mucho por recorrer, por vivir. Aquí no hay tiempos malos, sólo vivencias y experiencias para formar a los seres humanos que un día seremos, estos años sólo son un grano de arena que construye nuestras vidas. Las ilusiones que uno tiene aquí son las que hacen posible cada día. De nosotros y de nadie más depende el llegar a la montaña más alta, el convertirse en astronautas, en bomberos, escritores... Aquí se formó mi determinación para seguir en el camino, para defender lo que creo. Así, hoy que miro hacia atrás y recuerdo esos tiempos aparece en mi rostro la sonrisa de la satisfacción: seguiré guardando como hasta ahora estos recuerdos, porque son parte de lo que hoy forma al ser humano que soy.

Gracias: Neii, gracias al Colegio que hace dos años me recordó lo feliz que fuí en la escuela
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LA ENGRAPADA

Para comenzar ese día amanecí con el ánimo muy simple. Me encontraba apurada terminando la tarea de Biología, para qué negar que algunas veces hacia la tarea en el colegio. Tendría alrededor de once años, cursaba el primer año de secundaria. Me parece que eran mediados de enero, ya le había tomado la medida a los profesores, y la profesora Lara Puga era una de las consentidas –desconozco las causas-. Fue en esta época que Luka y yo comenzamos a desarrollar nuestra capacidad de redacción y síntesis, ya que éramos capaces de desarrollar todo un tema con tan sólo un poco de información.

Recuerdo que me sentaba en las butacas del frente. Ese año mi compañero de asiento era Carlitos, un niño amable. Realmente no tengo queja alguna sobre él, aparte de ser siempre el primero en las listas de asistencia no podría yo dar una referencia. No si ese año no le hubiese tocado Ema como compañera de asiento. Estaba ordenando su tarea calmadamente mientras yo escribía apresuradamente una carátula para mi improvisada investigación acerca de la evolución del hombre. Se levantó y dejó sobre el escritorio de la profesora Lara su tarea en un folder tipo “costilla” –esos de plástico con una varillita blanca, que en esos tiempos eran toda una novedad-. En mi lado de la banca había hecho todo un reguero de cosas en busca de algún folder que pudiera reciclar. Normalmente tenía un folder de “costilla” llamado con tanta certeza “folder saca-apuros”, pero la profesora Florencia Belén Vásquez Tejeda no me lo había devuelto aún.

Por fin convencí a Iker de que me prestara un folder amarillo, lo malo era que tenía engrapado un trabajo de otra materia…

- No vayas a maltratar mi trabajo y mi folder Ema– me sugirió.
- Ay, Iker, mira con qué cuidadito le estoy quitando la grapa– le contesté un tanto ofendida.
- En cuanto te entreguen el trabajo, me devuelves mi folder– dijo.
- ¡Sí!, ya te dije que sólo es un ratito.
- Procura que los hoyitos de la nueva grapa queden en los que ya tiene el folder– comentó divertido.
-Ay, Iker ¡ya sé, ya sé! Mira, en vez de eso ayúdame, ¡ándale! Termina de quitar la grapa que ya casi acaba de revisarle a Carlitos.

Apresuradamente acomodé las hojas dentro del folder cuando Carlitos regresaba contento a su asiento. Mi estrés subió de un 50% a un 120% en cuestión de milisegundos.

- Carlitos, ¿fueras tan amable de prestarme tu engrapadora?– pregunté casi suplicante.
- Señorita Lorenzoooooooo –dijo con su voz agudamente chillona- su tareaaaaa, pásemela por ahí - (siempre sentí que me estaba albureando).
- Voy, voy Miss, nada más déjeme engraparla y ya la llevo– decía al tiempo que le devolvía la engrapadora a Carlitos– listo, ya voy, ya voy.

Ya en el escritorio de la maestra mi estrés descendió a sus niveles habituales, 5%. Cinco minutos más tarde, tras haber conocido mi calificación, apareció mi sonrisita de satisfacción, aquella que brota cuando me salgo con la mía. Al regresar a mi lugar vi a Carlitos recargado en la banca mirando pensativamente la pequeña engrapadora azul cielo.

- ¿Qué se sentirá engraparte la lengua?– me preguntó muy serio.
- No lo sé – comenté totalmente indiferente - ¿por qué no te la engrapas y me dices?
- Esta bien, ten, engrápamela – me extendió la mano con la engrapadora – pero con cuidado ¡eh!

Recibí, incrédula ante tal petición, la engrapadora. Por un instante lo pensé, pero al final me dio mucha curiosidad. Sacó la lengua lo más que pudo, mientras yo la aprisionaba con aquel artículo azul cielo. Él me vio y movió los ojos dando una afirmación. Lo único que yo hice fue cerrar los ojos y presionar lo más fuerte contra la base de la engrapadora…

Sentí que dio un grito ahogado. Se apartó bruscamente de la banca y se tapaba desesperadamente la boca. Sus movimientos eran violentos, la cara roja, las lágrimas asomaban lentamente por su rostro. Pocas veces en mi vida he sentido culpa por algo, y ésta fue una de esas. Trataba de pedirle disculpas pero él no me escuchaba. De repente apartó las mano de la boca y descubrí asombrada que la grapa se había enterrado por lo menos un cuarto de su totalidad.

Me pedía a señas que la quitara de su boca, entonces lo que se me ocurrió hacer fue tomar un lápiz y hacer palanca en la lengua. La grapa salió volando, mostrando dos pequeños orificios en su lengua y un chorrito de sangre comenzó a fluir de ellos.

Pobre Carlitos, tan tranquilo que era. Siempre el primero en la lista de asistencia y no tendría yo otra referencia de él, de no ser porque ese año fue mi compañero de banca
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MILANESAS ADOLESCENTES

Yo no tuve la culpa. Los profesores que teníamos eran nefastos. Mi condición física nunca ha sido la mejor, eso de sudar y realizar un esfuerzo físico no es para mí. He aprendido a ejercitar mi mente, me da más satisfacciones saber que mentalmente puedo hacer muchas cosas: prefería escribir, contar historias, platicar... Correr bajo el sol del medio día nunca fue mi sueño. Hacer estiramientos, algún momento de mi vida lo intenté pero desistí cuando descubrí lo adolorida que puedes quedar al día siguiente.

Siempre encontraba una excusa perfecta y válida para saltarme la clase de Deportes y no reprobar: dolor de estómago, calor, incluso llegue a decir que tenía pie plano y problemas con la espalda. Al inicio del ciclo escolar, no sé por qué tenían la tonta esperanza de dividir la clase en teórica y práctica, pffff, nunca entendí por qué debía saber las medidas reglamentarias de una cancha de basquetbol, de volei, si en mi vida lo practicaría de manera profesional, es más, creo que en mi vida lo he practicado. A los niños les vale un bledo las medidas oficiales y las reglas de los deportes.

Las técnicas de escape eran variadas. La primera semana de clases era usar todo el genio creativo para escapar de correr cual bestia por toda la cancha de basquetbol, hacer las odiadas abdominales, las dolorosas sentadillas, estar bajo el sol dos horas continuas, terminar como una milanesa –pegajosa y llena de tierra-, con sed y cansada, eso no da ningún tipo de satisfacción y orgullo. Es por esta razón que Luka y yo –porque Iker optaba por seguir la corriente al maestro-, implementábamos cada año un plan diferente: inventar enfermedades, pie plano –mi favorita-, achaques. Desde los 12 años yo tenía gota, la columna desviada, reuma, etcétera; si las primeras opciones no funcionaban, poníamos en marcha el Plan B: fingir los ejercicios frente al maestro y esperar a que éste se volteara y entonces tomar un breve descanso. Repetíamos la dinámica hasta terminar la primera hora de la clase, ya en la segunda él estaba tan harto que nos dejaba ser libres.

Así, durante las primeras semanas, todo era un estira y afloja entre el maestro y nosotros, hasta que después de un tiempo se daba cuenta de que éramos caso perdido y terminaba por ignorarnos. Cuando eso ocurría, optábamos por refugiarnos en el pasillo a los vestidores, y tirados en el frío piso platicábamos a nuestras anchas durante dos largas horas, algunas veces de la escuela y las clases, otras de los maestros y muy a menudo de nuestros vecinos y familiares.

Pero un año todo cambió. Nos cambiaron al maestro, ya no era aquel viejito regordete y regañón sin los dientes de enfrente, que en lugar de gritar hacia sonar un silbato casualmente siempre en mi oído –tenía la mala costumbre de, cuando estaba enojado, correr a él para ver su cara-. Llegué a pensar que al paso de los años quedaría sorda.

Ahora era un maestro mucho más joven, con la inexperiencia escrita en la cara, nervioso, austado, su única arma para "controlarnos" era el ejercicio continuo... Desde el momento en que lo vi supe que ese año sería uno en el que mi condición física estaría severamente dañada, no se rendiría tan fácilmente. Llegó con su lista de asistencia, una carpeta con apuntes y un bolígrafo, dispuesto a calificarnos hasta el último detalle: desempeño físico, uniforme, ¿cuaderno? ¡Por favor...!

-La clase la vamos a dividir en dos partes: la primera va a constar de calentamiento, estiramiento y un poco de atletismo –trataba de decir con seguridad, pero su rostro era de un total estres- y la segunda hora la dedicaremos a las actividades como grupo: futbol, basquetbol, voleibol.

Sentía que el aire me faltaba, el mundo me daba vueltas, eso era demasiado, no me podría parar en semanas.

-Ema, Iker y Luka tienen prohibido estar en los pasillos de los vestidores

-¡¿Queeeé?! ¿No quiere dispararme de una vez por todas?

Los viernes, tomando clases completas, escuchando su aguda voz gritándo ordénes porque era la única manera de hacerse tomar en cuenta -de respeto mejor ni hablar-,esas dos horas tan amadas se me iban sin poder hacer nada al respecto. Las esperanzas de regresar a los tiempos de las charlas y el esparcimiento mental se esfumaban semana a semana.

Fue un día de abril que sucedió sin planearlo: el golpe de estado a la clase de Educación Física. Si hubiera sabido que esa era la solución, desde hacía mucho la hubiese aplicado. Esa sería su última clase con nosotros.

Mascábamos chicle en clase porque sabíamos lo mucho que le molestaba, era nuestra pequeña venganza por todo lo que cada viernes nos hacía sufrir, por aquellos sábados en los que despertaba tan adolorida, en calidad de bulto.

Yo tenía –tengo- la mala y fea costumbre de patear el chicle cuando decidía deshacerme de él. Lo aventaba al aire y antes de tocar el suelo le pegaba una patada que en algunas ocasiones no veía ni dónde caía. La moda del chicle en parte se la debíamos a esas paletas de bola con capas de sabores, tan famosas ahora, en esa época eran toda una novedad con su centro de chicle, el cual posee una propiedad muy singular y es que al cabo de un buen rato mascando la goma, ésta se convierte en una especie de plástico, pasa del estado viscoso al semisólido, muy útil para un arma clásica en la escuela: la cerbatana –la cubierta transparente de los bolígrafos- de bolitas de papel con baba; en el caso de mis compañeros de escuela, no usaban las precarias bolitas de papel, las habían sustituido por bolitas de chicle.

Día de evaluación. Hacía más calor que de costumbre y parecía que el espíritu de joder del tipo se encontraba en sus niveles máximos, porque nos hizo ejercitar como verdaderos atletas olímpicos, al grado que sentía desfallecer. Las extremidades me pesaban, el aire me faltaba, la sangre a mi cabeza ya no llegaba, estaba segura que habían muerto miles de neuronas por falta de oxígeno a mi cerebro. Había pasado la primera hora de la clase y sólo esperaba que gritara mi mediocre calificación, me conformaba con pasar y olvidar el trago amargo acostada en el pasto o columpiándome mientras veía a los otros jugar. Siguiendo el orden de la lista pronunció el valor que le había otorgado a nuestros esfuerzos. Estaba por echarme literalmente en el pasto cuando...

-¡Vamos! Formen dos equipos de niños y dos de niñas, rápido, los niños a la cancha de futbol y las niñas a la de basquetbol –pronunció el tipo este- que voy a subir un punto sobre calificación final a los equipos ganadores.

-No, no ¿qué le pasa? ¿Está usted loco, qué piensa? – gritó la bulla.

El caos se armó, en fracciones de segundos todos estaban alrededor de él, parecía que lo iban a linchar, gritos, empujones, malas palabras y él en medio de ese huracán de pseudoadolescentes, cansados, sudorosos, sucios, olorosos y sobre todo molestos. Unos chicos ya resignados preferían aprovechar la disputa para jugar un ratito con las cerbatanas de chicle. Eran más poderosas mis ganas de molestar, porque con los pocos ánimos me levanté y acompañada de Iker y Luka caminé hacia la multitud, decidida a gritarle dos o tres verdades a la cara. Varios metros antes de llegar, boté el chicle y lo pateé, Iker me siguió y Luka lo aventó con la mano totalmente desganado. No teníamos fuerzas para levantar la mirada y seguir la trayectoria del chicle –nos gustaba ver quién lo hacía llegar más lejos-, aparte de que movíamos la cabeza de un lado a otro esquivando los chicles de los demás.

El maestro se rascó la cabeza y una mancha rosa en ella de repente se hizo más grande y se adhirió a su cabello.

-¿Quién fue?– preguntó al tiempo que trataba inútilmente de despegarse el chicle que, por el calor, estaba más pegado que nunca– ¡Ahora mismo me dicen quién fue o los repruebo a todos!

Luka, Iker y yo nos miramos fijamente a la cara, después hacia los demás y nuevamente intercambiamos miradas, que no expresaban otra cosa que incertidumbre.

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EL CENTINELA DEL COLEGIO


Hoy recordé a la persona encargada de la puerta. Ya que yo era una de las alumnas que se quedaban hasta muy tarde en el colegio, por mera distracción de mi madre, me tocó hacer amistad con esa persona: una señora de edad media–avanzada, pequeña , con voz aguda, vestía siempre una falda recta en colores serios, una blusa del mismo tipo –no me consta en realidad, ya que nunca la vi- y encima un suéter en colores oscuros que no se quitaba ni cuando llegábamos a los 35°C a la sombra.

Tenía más que un nombre, tenía toda una presencia en la escuela, era quizás la persona a quien más respetaba –incluso por encima de los maestros- en ese lugar.Su nombre era Doña Leo y me acompañó muchas veces, durante varios años, en lo que mis padres pasaban por mí. Cuándo recién la conocí le tenía miedo; siempre de malas, imponiéndose, nadie podía salir ni entrar sin su permiso, seria, inquebrantable, incorruptible, exacta: siempre cerraba la puerta a las 7:00 am en punto y nadie podía entrar después de ese minuto. Varias veces me llegó a cerrar la puerta en las narices, dejándome con la palabra en la boca. No discriminaba, a todos por igual les azotaba la puerta.

No dejaba salir a nadie hasta no verificar que era un familiar –claro, ya tenía más que identificados a todos los padres-. Si se trataba de alguien a quién no conociera, era sometido a todo un interrogatorio, que la AFI se quedaría en pañales en comparación con ella. En pocas palabras, ponía más orden que muchos maestros.Su posición en el "campo de batalla" se encontraba en un cuartito al lado de la puerta de la entrada. Sentada desde ahí vigilaba todos los movimientos a cinco metros a la redonda. No tenía más armas que su temple y las llaves de la puerta, y los candados. Su comunicación con el mundo exterior era a través de una ventanita enrejada ubicada en uno de los portones, y sólo existían tres tipos de personas autorizadas a abrir esa ventana:

1. Doña Leo.

2. Los profesores y personal administrativo.

3. Aquellos niños privilegiados que eran especiales para ella.

No sólo vigilaba la puerta, sino que salvaguardaba los artículos perdidos: lápices, loncheras, los clásicos “pepsilindros,” colores, suéteres, bufandas y cualquier otra cosilla que uno como niño deja abandonada en el colegio. Cuando uno iba a reclamarlo recibía un rotundo "no" como respuesta, y era hasta que los padres solicitaban de la manera más atenta una revisión al cuartito en busca de lo perdido que Doña Leo atendía. Ya una vez hallado el objeto tenían que demostrar con pruebas fehacientes ser los legítimos dueños, de lo contrario se marchaban con las manos vacías.

Me parecía increíble que jamás se aburriera de estar en el mismo cuarto, nunca se le veía en chismes con el personal de intendencia, los profesores le tenían cierta admiración, los choferes mucho respeto y los niños miedo. Algunas veces soltaba uno que otro manotazo y varios regaños cuando te sorprendía husmeando a través de la preciada ventanita.

Fue la convivencia diaria –era normal que mamá llegará tarde por mí, nunca ha tenido conciencia del tiempo- la que hizo que al correr de los años comenzara por tomarle cariño. Una vez que la escuela se hundía en la paz y tranquilidad de la tarde, parecía que Doña Leo se sosegaba junto con ella, y era entonces cuando el guardia se despedía por ese día y dejaba asomar a la persona, la que era madre y abuela consentidora, hablaba de sus hijos, sonreía y me dejaba husmear a mis anchas por la ventanita con la esperanza de que en una de esas se apareciera mi madre a toda velocidad y tocando el claxon del carro, apurándome a salir y despedirme de Doña Leo. Feliz y contenta subía al auto. Fueron todos esos momentos los que cambiaron mi relación con ella.

Es bien sabido que el desayuno es la comida más importante del día, pero no se compara con el dormir, así que en muchas ocasiones preferí sacrificar mi desayuno por unos minutos más de sueño. Claro que quince minutos después de entrar a clases, el estómago me rugía ferozmente, necesitaba algo que realmente aplacara mi hambre. En esos días en los que no desayunaba, así como en las mañanas de invierno, Luka y yo hacíamos nuestra aparición en el cuartito de Doña Leo, diez minutos antes de terminar la clase -después de inventar una excusa al profesor en turno para que nos dejara salir-. Le entregábamos veinte pesos para que nos comprara una torta de tamal para mí y un tamal de dulce par Luka, con sus respectivos atoles de chocolate ó arroz. Ese precio incluía un combo igual para Doña Leo, aunque ella en un principio se negaba a aceptarlo. Porque no cobraba el favor, siempre tan honesta.

Para la última etapa que estudiamos ahí, Luka y yo gozábamos de ciertos privilegios: las puertas siempre estaban abiertas para nosotros, al perder los suéteres podíamos escoger los de mejor calidad, colores, incluso material, cómo las batas de laboratorio y cualquier cosa que necesitáramos. Puedo decir que al salir de la escuela fue una de las personas que más extrañé.

El día de ayer a temprana hora pase por el colegio y me pareció ver a una mujer de estatura baja vestida con colores serios, barriendo la calle. Creo que fue la nostalgia de recordar esos momentos, porque hoy a mis veinti tantos años sigo creyendo que Doña Leo es invencible.
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CUANDO LAS REGLAS DEJAN DE EXISTIR

Todos están formados, viendo con anhelo y esperanza la puerta. Sólo unos metros los separan de la felicidad, muchos actúan como caballos salvajes que son detenidos por cadenas, otros qué más quisieran que actuar así, pero afortunadamente aún conservan algo de dignidad.

Las puertas se abren y la salida se hace oficial, es cuando un remolino de niños se forma en el área que limita el fin de la escuela y el principio de la libertad. Empujones, gritos y pisotones se hacen presentes. En la calle todos se colocan en sus puestos, listos para recibir a esos pequeños consumidores. Las mamás miran como si tuvieran un radar integrado para interceptar a sus hijos, unas con la intención de salir de ahí lo más rápido posible, porque dejaron el carro estacionado, no en doble, sino en tercera fila. Otras ni siquiera se inmutan, pues el chisme está mejor.

Esto es debido en gran parte a los puestos que se encuentran a los alrededores de la escuela, que tienen ciertas características en común: Constan de un triciclo y una sombrilla, vienen en varias modalidades, según el uso asignado cambian algunos accesorios, por el momento sólo manejaremos tres:

El puesto de raspados: totalmente acondicionado para una capacidad de cuatro garrafones, compartimiento de bolsitas, vasitos y popotes, una tablita cubierta por un trapo donde está colocado el bloque de hielo. En algunos casos también una “pecera” para colocar los chicharrones.

El señor de las nieves: Equipado con dos “cubetas” de madera que en su interior llevan hielo seco, sales y unos trapos, que a su vez cubren los botes de las nieves, un espacio reservado para los conos, los vasitos –azules de plástico- y las cucharitas de colores.

Las donitas, con su promoción 8 donitas por $1.00: Cuenta con una pecera con tres divisiones, las donitas de azúcar, donitas de chocolate y las bolitas de azúcar con relleno de crema pastelera. Un accesorio especial para colgar las bolsitas de papel –un alambre en forma de gancho sujetado a algún tubo del triciclo- y unas pinzas para despachar.

Existen otros comerciantes que, aunque más austeros, no dejan de ser importantes:

Los algodones de azúcar con premio: Éste es uno de los más solicitados por los niños de entre 5 y 10 años, ya que por el precio del algodón te llevas algún regalo, que va desde un juego de “matatena,” pasando por la lotería, memoramas, anillos de plástico, pelotas de esponja y, el favorito de muchos, el luchador de plástico imitación color piel, con rebaba en la cabeza, manos y pies, con capita de hule –de ese que sobra en las bolsas del mercado- y lo mejor de todo, pintado a mano con barniz de uñas, ese que se te pega en los dientes cuando lo muerdes. En el peor de los casos te toca un chicle “Canel’s” de premio ¡no me ch!ng3%n! Con eso me quieren decir: “Suerte para la próxima, sigue participando

La señora de los dulces, frutsis congelados, chicharrones y chicharrones preparados -con aguacate, col, jitomate, cebolla, salsa y en algunos casos los llamados “cueritos”-. Normalmente llega con un carrito del mandado, una mesa plegable y una sillita.

Estos puestos comienzan a formar criterios de compra y administración del dinero en los niños, porque el dinero que se tiene para gastar en algunas ocasiones es un tanto limitado. Se debe pensar muy bien qué es en lo que conviene gastar, unos chicharrones de lagrimita, una nieve sencilla y unos chicles… Estas compras cubren ciertos parámetros: hambre, sed y buen aliento.

Distintas situaciones pueden presentarse en esta hora y lugar:
(Es en estos momentos en que haré una confesión. *nota de la autora)

Caso 1

“Luka y Ema son los primeros en abrirse paso entre toda la “manada” de niños, logran acaparar el puesto de “8 donitas por $1.00. Son afortunados porque alcanzarán las bolitas de azúcar rellenas de crema pastelera. Amablemente el vendedor –¿esa gente tiene nombre? siempre fue un misterio para mí- hace entrega de una bolsita con surtido rico. Luka pone la moneda encima del puesto junto con otras monedas que ahí hay, el vendedor se agacha para despachar la segunda bolsa, cuando Ema estira la mano y toma la moneda de Luka, espera a que el señor le entregue su bolsita y entonces dejar la moneda en su lugar; el caso es que Luka pide una bolsita más de donitas, el vendedor se agacha y Ema vuelve a pagar con la misma moneda… Resultado: ese día se compraron ¡6 bolisitas, 48 donitas! ¡Con la misma moneda! Nunca un peso había valido tanto”.

Quiero pedir públicamente una disculpa al “señor de las donitas” por aquel fraude cometido en la niñez, si me está leyendo, "le enviaré un cheque" (sin tomar en cuenta las tasas de interés y el UIDS, por supuesto), pero, por favor, usted disculpe las molestias causadas, era una niña y no sabía lo que hacía.

(Después del lapsus honestus, sigamos)

Caso 2

“Frente al puesto de “la señora de los dulces, frutsis congelados, etcétera”
Luka: Señora, me da unos chicharrones de lagrimita, por favor, sin salsa.
Señora: Claro que sí, sin salsa ¿verdad?
Luka: Sí, por favor sin salsa.
Señora: Ok, sin salsa… ¿de cuál?
Luka: ¿?”


Caso 3

“Ema sentada en el triciclo del ‘abominable señor de las nieves’ –nombrado así por Luka y Ema-. Este privilegio sólo se logra después de ser clientes distinguidos. *El nivel de popularidad de un alumno se mide por quién se puede subir al triciclo del señor de las nieves con toda confianza.
Ema: Señor, me da una nieve de rompope de 50 c, por favor.
Señor: Claro que sí, mi’ja, ¿en cono o en vaso?
Ema: En cono, porque el cono me lo como y el vaso no.
Fue aquí cuando aprendí el utilitarismo en su máxima expresión, dándole valor de uso al cono”.
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NOS VEMOS A LA SALIDA

“La hora de la salida” Así decimos cuando somos niños: “Nos vemos a la hora de la salida”. Y es que quién olvida el montón de madres que venden y pasan en las escuelas a “la hora de la salida”. Es todo un acontecimiento esa hora: mamás, vendedores ambulantes, taxistas, autos y, claro, la razón de todo este desmadre: los niños.
Existen tres elementos principales que podemos destacar sobre este suceso tan de la vida cotidiana: el movimiento previo a “la hora de la salida” (causas), “la hora de la salida” cuando las reglas dejan de existir (efectos) y las mamás, aquellos personajes que hacen posible junto con sus hijos todo este acontecimiento (razones).

Comencemos pues:

MOVIMIENTO PREVIO

Para poder describir todo el ritual que significa el movimiento previo a la tan nombrada hora de la salida es necesario describir primero cada uno de los elementos que componen dicho suceso.

1. La persona cuya función es resguardar la puerta, todo esto se resume en cinco palabras: “la señora de la puerta”, o en su abreviación “la de la puerta”. Los colegios de ahora tienen maestros o incluso vigilantes, pero no dejan de ser “el señor de la puerta… el de la puerta”

2. La secretaria encargada de dar el toque de salida. Sin duda este es uno de los personajes más queridos en esos momentos.

3. El maestro de guardia, que no es otro sino el pobre infeliz que por esa semana le toca coordinar y supervisar que la salida de los niños ocurra bajo las mejores circunstancias, y que se espera hasta dejar una mínima cantidad de alumnos –una cantidad de una sola cifra- la cual encarga al de “la puerta”.

Todo inicia dentro de los salones, los niños se miran unos a otros, su cara es de desesperación, jamás el tiempo se va tan lento como los cinco minutos antes del toque para salir del colegio, el uniforme ahora no es más que una burla de lo que fue en la mañana, el peinado no es la excepción, y de la cara de hastío mejor ni hablar. Miras el reloj una y otra vez, volteas hacia los otros salones por si ya están saliendo y entonces comentar a la maestra: “Miss, todos ya están saliendo, ¿nos podemos ir?” Nada, no hay nada.

“¡Tarea!” es la palabra que se escucha justamente dos minutos antes del toque. Creías ilusamente que se le había olvidado al maestro, pues no. Es una treta más para hacer tiempo y no dejarte salir antes. Aunque ya está hart@ pueden más sus ganas de fregar.
Un llamado te irrita aún más, se escucha por las bocinas del colegio: “Los niños de transporteeeeee, pueden salir”. Qué suerte tienen esos, salen antes que todos, y tú tienes que seguir anotando la tarea, y en esas estás cuando tocan el timbre: “¡me lleva la ch&#$”@! Todavía no acabo de anotar la tarea, ya me ganaron al señor de las nieves”. Decides en ese momento que la tarea puede esperar, cierras el cuaderno lo avientas en la mochila y sales como tapón de alberca… “A ver, a ver señores y señoritas, a dónde creen que van, no salen hasta que este salón esté presentable, recuerden que son el reflejo de su casa”.

Si tus pensamientos se hicieran realidad en ese mismo instante, caería un piano sobre la cabeza del maestr@. Buscas inmediatamente los papeles más grandes para que noten que en realidad recogiste y puedas salir lo antes posible: “Ya maestr@, ya recogí mi basura, ¿Puedo salir?” “Si Ema ya puedes…” No dejas que termine su frase, pues ya te encuentras corriendo a todo lo que da el pasillo. Te detienes en seco frente a las escaleras y no es por haber olvidado algo. La razón: un congestionamiento brutal, los niños que por la mañana entraron, ahora son bestias, incapaces de entender razones, su único objetivo es salir lo más pronto posible de ahí, los espera el señor de las estampitas y sólo los primeros podrán gozar de revisar a sus anchas las estampas.

Gritos, empujones, risas todo un caos. Una voz retumba por toda la escuela: “Por favoooor, los maestros, formen a sus alumnos para podeeer saliiir”. ¿Formarse? Lo que quieres es salir, comer nieve, poder hablar mal de los maestros a tus anchas, intercambiar chismes, respirar el aire de libertad.
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