CUANDO LAS REGLAS DEJAN DE EXISTIR

Todos están formados, viendo con anhelo y esperanza la puerta. Sólo unos metros los separan de la felicidad, muchos actúan como caballos salvajes que son detenidos por cadenas, otros qué más quisieran que actuar así, pero afortunadamente aún conservan algo de dignidad.

Las puertas se abren y la salida se hace oficial, es cuando un remolino de niños se forma en el área que limita el fin de la escuela y el principio de la libertad. Empujones, gritos y pisotones se hacen presentes. En la calle todos se colocan en sus puestos, listos para recibir a esos pequeños consumidores. Las mamás miran como si tuvieran un radar integrado para interceptar a sus hijos, unas con la intención de salir de ahí lo más rápido posible, porque dejaron el carro estacionado, no en doble, sino en tercera fila. Otras ni siquiera se inmutan, pues el chisme está mejor.

Esto es debido en gran parte a los puestos que se encuentran a los alrededores de la escuela, que tienen ciertas características en común: Constan de un triciclo y una sombrilla, vienen en varias modalidades, según el uso asignado cambian algunos accesorios, por el momento sólo manejaremos tres:

El puesto de raspados: totalmente acondicionado para una capacidad de cuatro garrafones, compartimiento de bolsitas, vasitos y popotes, una tablita cubierta por un trapo donde está colocado el bloque de hielo. En algunos casos también una “pecera” para colocar los chicharrones.

El señor de las nieves: Equipado con dos “cubetas” de madera que en su interior llevan hielo seco, sales y unos trapos, que a su vez cubren los botes de las nieves, un espacio reservado para los conos, los vasitos –azules de plástico- y las cucharitas de colores.

Las donitas, con su promoción 8 donitas por $1.00: Cuenta con una pecera con tres divisiones, las donitas de azúcar, donitas de chocolate y las bolitas de azúcar con relleno de crema pastelera. Un accesorio especial para colgar las bolsitas de papel –un alambre en forma de gancho sujetado a algún tubo del triciclo- y unas pinzas para despachar.

Existen otros comerciantes que, aunque más austeros, no dejan de ser importantes:

Los algodones de azúcar con premio: Éste es uno de los más solicitados por los niños de entre 5 y 10 años, ya que por el precio del algodón te llevas algún regalo, que va desde un juego de “matatena,” pasando por la lotería, memoramas, anillos de plástico, pelotas de esponja y, el favorito de muchos, el luchador de plástico imitación color piel, con rebaba en la cabeza, manos y pies, con capita de hule –de ese que sobra en las bolsas del mercado- y lo mejor de todo, pintado a mano con barniz de uñas, ese que se te pega en los dientes cuando lo muerdes. En el peor de los casos te toca un chicle “Canel’s” de premio ¡no me ch!ng3%n! Con eso me quieren decir: “Suerte para la próxima, sigue participando

La señora de los dulces, frutsis congelados, chicharrones y chicharrones preparados -con aguacate, col, jitomate, cebolla, salsa y en algunos casos los llamados “cueritos”-. Normalmente llega con un carrito del mandado, una mesa plegable y una sillita.

Estos puestos comienzan a formar criterios de compra y administración del dinero en los niños, porque el dinero que se tiene para gastar en algunas ocasiones es un tanto limitado. Se debe pensar muy bien qué es en lo que conviene gastar, unos chicharrones de lagrimita, una nieve sencilla y unos chicles… Estas compras cubren ciertos parámetros: hambre, sed y buen aliento.

Distintas situaciones pueden presentarse en esta hora y lugar:
(Es en estos momentos en que haré una confesión. *nota de la autora)

Caso 1

“Luka y Ema son los primeros en abrirse paso entre toda la “manada” de niños, logran acaparar el puesto de “8 donitas por $1.00. Son afortunados porque alcanzarán las bolitas de azúcar rellenas de crema pastelera. Amablemente el vendedor –¿esa gente tiene nombre? siempre fue un misterio para mí- hace entrega de una bolsita con surtido rico. Luka pone la moneda encima del puesto junto con otras monedas que ahí hay, el vendedor se agacha para despachar la segunda bolsa, cuando Ema estira la mano y toma la moneda de Luka, espera a que el señor le entregue su bolsita y entonces dejar la moneda en su lugar; el caso es que Luka pide una bolsita más de donitas, el vendedor se agacha y Ema vuelve a pagar con la misma moneda… Resultado: ese día se compraron ¡6 bolisitas, 48 donitas! ¡Con la misma moneda! Nunca un peso había valido tanto”.

Quiero pedir públicamente una disculpa al “señor de las donitas” por aquel fraude cometido en la niñez, si me está leyendo, "le enviaré un cheque" (sin tomar en cuenta las tasas de interés y el UIDS, por supuesto), pero, por favor, usted disculpe las molestias causadas, era una niña y no sabía lo que hacía.

(Después del lapsus honestus, sigamos)

Caso 2

“Frente al puesto de “la señora de los dulces, frutsis congelados, etcétera”
Luka: Señora, me da unos chicharrones de lagrimita, por favor, sin salsa.
Señora: Claro que sí, sin salsa ¿verdad?
Luka: Sí, por favor sin salsa.
Señora: Ok, sin salsa… ¿de cuál?
Luka: ¿?”


Caso 3

“Ema sentada en el triciclo del ‘abominable señor de las nieves’ –nombrado así por Luka y Ema-. Este privilegio sólo se logra después de ser clientes distinguidos. *El nivel de popularidad de un alumno se mide por quién se puede subir al triciclo del señor de las nieves con toda confianza.
Ema: Señor, me da una nieve de rompope de 50 c, por favor.
Señor: Claro que sí, mi’ja, ¿en cono o en vaso?
Ema: En cono, porque el cono me lo como y el vaso no.
Fue aquí cuando aprendí el utilitarismo en su máxima expresión, dándole valor de uso al cono”.

4 Comentarios:

Anónimo dijo...

sigue mostrandonos nuestros momentos de la niñez que ya habiamos olvidado o que teniamos en el archivo muerto

Anónimo dijo...

creo que a todos nos trajo recuerdos muy buenos recuerdos de nuestra niñez, cuando solo nos preocupabamos por la hora de la salida. muy buena redaccion.

Anónimo dijo...

Felicidades por recordar esa época. Ya no recordaba tus pensamientos maquiavelicamente infartantes. Suerte y te seguiré leyendo. Erik

Anónimo dijo...

¿Donde quedó el de Doña Leo?