Hoy recordé a la persona encargada de la puerta. Ya que yo era una de las alumnas que se quedaban hasta muy tarde en el colegio, por mera distracción de mi madre, me tocó hacer amistad con esa persona: una señora de edad media–avanzada, pequeña , con voz aguda, vestía siempre una falda recta en colores serios, una blusa del mismo tipo –no me consta en realidad, ya que nunca la vi- y encima un suéter en colores oscuros que no se quitaba ni cuando llegábamos a los 35°C a la sombra.
Tenía más que un nombre, tenía toda una presencia en la escuela, era quizás la persona a quien más respetaba –incluso por encima de los maestros- en ese lugar.Su nombre era Doña Leo y me acompañó muchas veces, durante varios años, en lo que mis padres pasaban por mí. Cuándo recién la conocí le tenía miedo; siempre de malas, imponiéndose, nadie podía salir ni entrar sin su permiso, seria, inquebrantable, incorruptible, exacta: siempre cerraba la puerta a las 7:00 am en punto y nadie podía entrar después de ese minuto. Varias veces me llegó a cerrar la puerta en las narices, dejándome con la palabra en la boca. No discriminaba, a todos por igual les azotaba la puerta.
No dejaba salir a nadie hasta no verificar que era un familiar –claro, ya tenía más que identificados a todos los padres-. Si se trataba de alguien a quién no conociera, era sometido a todo un interrogatorio, que la AFI se quedaría en pañales en comparación con ella. En pocas palabras, ponía más orden que muchos maestros.Su posición en el "campo de batalla" se encontraba en un cuartito al lado de la puerta de la entrada. Sentada desde ahí vigilaba todos los movimientos a cinco metros a la redonda. No tenía más armas que su temple y las llaves de la puerta, y los candados. Su comunicación con el mundo exterior era a través de una ventanita enrejada ubicada en uno de los portones, y sólo existían tres tipos de personas autorizadas a abrir esa ventana:
1. Doña Leo.
2. Los profesores y personal administrativo.
3. Aquellos niños privilegiados que eran especiales para ella.
No sólo vigilaba la puerta, sino que salvaguardaba los artículos perdidos: lápices, loncheras, los clásicos “pepsilindros,” colores, suéteres, bufandas y cualquier otra cosilla que uno como niño deja abandonada en el colegio. Cuando uno iba a reclamarlo recibía un rotundo "no" como respuesta, y era hasta que los padres solicitaban de la manera más atenta una revisión al cuartito en busca de lo perdido que Doña Leo atendía. Ya una vez hallado el objeto tenían que demostrar con pruebas fehacientes ser los legítimos dueños, de lo contrario se marchaban con las manos vacías.
Me parecía increíble que jamás se aburriera de estar en el mismo cuarto, nunca se le veía en chismes con el personal de intendencia, los profesores le tenían cierta admiración, los choferes mucho respeto y los niños miedo. Algunas veces soltaba uno que otro manotazo y varios regaños cuando te sorprendía husmeando a través de la preciada ventanita.
Fue la convivencia diaria –era normal que mamá llegará tarde por mí, nunca ha tenido conciencia del tiempo- la que hizo que al correr de los años comenzara por tomarle cariño. Una vez que la escuela se hundía en la paz y tranquilidad de la tarde, parecía que Doña Leo se sosegaba junto con ella, y era entonces cuando el guardia se despedía por ese día y dejaba asomar a la persona, la que era madre y abuela consentidora, hablaba de sus hijos, sonreía y me dejaba husmear a mis anchas por la ventanita con la esperanza de que en una de esas se apareciera mi madre a toda velocidad y tocando el claxon del carro, apurándome a salir y despedirme de Doña Leo. Feliz y contenta subía al auto. Fueron todos esos momentos los que cambiaron mi relación con ella.
Es bien sabido que el desayuno es la comida más importante del día, pero no se compara con el dormir, así que en muchas ocasiones preferí sacrificar mi desayuno por unos minutos más de sueño. Claro que quince minutos después de entrar a clases, el estómago me rugía ferozmente, necesitaba algo que realmente aplacara mi hambre. En esos días en los que no desayunaba, así como en las mañanas de invierno, Luka y yo hacíamos nuestra aparición en el cuartito de Doña Leo, diez minutos antes de terminar la clase -después de inventar una excusa al profesor en turno para que nos dejara salir-. Le entregábamos veinte pesos para que nos comprara una torta de tamal para mí y un tamal de dulce par Luka, con sus respectivos atoles de chocolate ó arroz. Ese precio incluía un combo igual para Doña Leo, aunque ella en un principio se negaba a aceptarlo. Porque no cobraba el favor, siempre tan honesta.
Para la última etapa que estudiamos ahí, Luka y yo gozábamos de ciertos privilegios: las puertas siempre estaban abiertas para nosotros, al perder los suéteres podíamos escoger los de mejor calidad, colores, incluso material, cómo las batas de laboratorio y cualquier cosa que necesitáramos. Puedo decir que al salir de la escuela fue una de las personas que más extrañé.
El día de ayer a temprana hora pase por el colegio y me pareció ver a una mujer de estatura baja vestida con colores serios, barriendo la calle. Creo que fue la nostalgia de recordar esos momentos, porque hoy a mis veinti tantos años sigo creyendo que Doña Leo es invencible.
0 Comentarios:
Publicar un comentario