Para comenzar ese día amanecí con el ánimo muy simple. Me encontraba apurada terminando la tarea de Biología, para qué negar que algunas veces hacia la tarea en el colegio. Tendría alrededor de once años, cursaba el primer año de secundaria. Me parece que eran mediados de enero, ya le había tomado la medida a los profesores, y la profesora Lara Puga era una de las consentidas –desconozco las causas-. Fue en esta época que Luka y yo comenzamos a desarrollar nuestra capacidad de redacción y síntesis, ya que éramos capaces de desarrollar todo un tema con tan sólo un poco de información.
Recuerdo que me sentaba en las butacas del frente. Ese año mi compañero de asiento era Carlitos, un niño amable. Realmente no tengo queja alguna sobre él, aparte de ser siempre el primero en las listas de asistencia no podría yo dar una referencia. No si ese año no le hubiese tocado Ema como compañera de asiento. Estaba ordenando su tarea calmadamente mientras yo escribía apresuradamente una carátula para mi improvisada investigación acerca de la evolución del hombre. Se levantó y dejó sobre el escritorio de la profesora Lara su tarea en un folder tipo “costilla” –esos de plástico con una varillita blanca, que en esos tiempos eran toda una novedad-. En mi lado de la banca había hecho todo un reguero de cosas en busca de algún folder que pudiera reciclar. Normalmente tenía un folder de “costilla” llamado con tanta certeza “folder saca-apuros”, pero la profesora Florencia Belén Vásquez Tejeda no me lo había devuelto aún.
Por fin convencí a Iker de que me prestara un folder amarillo, lo malo era que tenía engrapado un trabajo de otra materia…
- No vayas a maltratar mi trabajo y mi folder Ema– me sugirió.
- Ay, Iker, mira con qué cuidadito le estoy quitando la grapa– le contesté un tanto ofendida.
- En cuanto te entreguen el trabajo, me devuelves mi folder– dijo.
- ¡Sí!, ya te dije que sólo es un ratito.
- Procura que los hoyitos de la nueva grapa queden en los que ya tiene el folder– comentó divertido.
-Ay, Iker ¡ya sé, ya sé! Mira, en vez de eso ayúdame, ¡ándale! Termina de quitar la grapa que ya casi acaba de revisarle a Carlitos.
Apresuradamente acomodé las hojas dentro del folder cuando Carlitos regresaba contento a su asiento. Mi estrés subió de un 50% a un 120% en cuestión de milisegundos.
- Carlitos, ¿fueras tan amable de prestarme tu engrapadora?– pregunté casi suplicante.
- Señorita Lorenzoooooooo –dijo con su voz agudamente chillona- su tareaaaaa, pásemela por ahí - (siempre sentí que me estaba albureando).
- Voy, voy Miss, nada más déjeme engraparla y ya la llevo– decía al tiempo que le devolvía la engrapadora a Carlitos– listo, ya voy, ya voy.
Ya en el escritorio de la maestra mi estrés descendió a sus niveles habituales, 5%. Cinco minutos más tarde, tras haber conocido mi calificación, apareció mi sonrisita de satisfacción, aquella que brota cuando me salgo con la mía. Al regresar a mi lugar vi a Carlitos recargado en la banca mirando pensativamente la pequeña engrapadora azul cielo.
- ¿Qué se sentirá engraparte la lengua?– me preguntó muy serio.
- No lo sé – comenté totalmente indiferente - ¿por qué no te la engrapas y me dices?
- Esta bien, ten, engrápamela – me extendió la mano con la engrapadora – pero con cuidado ¡eh!
Recibí, incrédula ante tal petición, la engrapadora. Por un instante lo pensé, pero al final me dio mucha curiosidad. Sacó la lengua lo más que pudo, mientras yo la aprisionaba con aquel artículo azul cielo. Él me vio y movió los ojos dando una afirmación. Lo único que yo hice fue cerrar los ojos y presionar lo más fuerte contra la base de la engrapadora…
Sentí que dio un grito ahogado. Se apartó bruscamente de la banca y se tapaba desesperadamente la boca. Sus movimientos eran violentos, la cara roja, las lágrimas asomaban lentamente por su rostro. Pocas veces en mi vida he sentido culpa por algo, y ésta fue una de esas. Trataba de pedirle disculpas pero él no me escuchaba. De repente apartó las mano de la boca y descubrí asombrada que la grapa se había enterrado por lo menos un cuarto de su totalidad.
Me pedía a señas que la quitara de su boca, entonces lo que se me ocurrió hacer fue tomar un lápiz y hacer palanca en la lengua. La grapa salió volando, mostrando dos pequeños orificios en su lengua y un chorrito de sangre comenzó a fluir de ellos.
Pobre Carlitos, tan tranquilo que era. Siempre el primero en la lista de asistencia y no tendría yo otra referencia de él, de no ser porque ese año fue mi compañero de banca
Recuerdo que me sentaba en las butacas del frente. Ese año mi compañero de asiento era Carlitos, un niño amable. Realmente no tengo queja alguna sobre él, aparte de ser siempre el primero en las listas de asistencia no podría yo dar una referencia. No si ese año no le hubiese tocado Ema como compañera de asiento. Estaba ordenando su tarea calmadamente mientras yo escribía apresuradamente una carátula para mi improvisada investigación acerca de la evolución del hombre. Se levantó y dejó sobre el escritorio de la profesora Lara su tarea en un folder tipo “costilla” –esos de plástico con una varillita blanca, que en esos tiempos eran toda una novedad-. En mi lado de la banca había hecho todo un reguero de cosas en busca de algún folder que pudiera reciclar. Normalmente tenía un folder de “costilla” llamado con tanta certeza “folder saca-apuros”, pero la profesora Florencia Belén Vásquez Tejeda no me lo había devuelto aún.
Por fin convencí a Iker de que me prestara un folder amarillo, lo malo era que tenía engrapado un trabajo de otra materia…
- No vayas a maltratar mi trabajo y mi folder Ema– me sugirió.
- Ay, Iker, mira con qué cuidadito le estoy quitando la grapa– le contesté un tanto ofendida.
- En cuanto te entreguen el trabajo, me devuelves mi folder– dijo.
- ¡Sí!, ya te dije que sólo es un ratito.
- Procura que los hoyitos de la nueva grapa queden en los que ya tiene el folder– comentó divertido.
-Ay, Iker ¡ya sé, ya sé! Mira, en vez de eso ayúdame, ¡ándale! Termina de quitar la grapa que ya casi acaba de revisarle a Carlitos.
Apresuradamente acomodé las hojas dentro del folder cuando Carlitos regresaba contento a su asiento. Mi estrés subió de un 50% a un 120% en cuestión de milisegundos.
- Carlitos, ¿fueras tan amable de prestarme tu engrapadora?– pregunté casi suplicante.
- Señorita Lorenzoooooooo –dijo con su voz agudamente chillona- su tareaaaaa, pásemela por ahí - (siempre sentí que me estaba albureando).
- Voy, voy Miss, nada más déjeme engraparla y ya la llevo– decía al tiempo que le devolvía la engrapadora a Carlitos– listo, ya voy, ya voy.
Ya en el escritorio de la maestra mi estrés descendió a sus niveles habituales, 5%. Cinco minutos más tarde, tras haber conocido mi calificación, apareció mi sonrisita de satisfacción, aquella que brota cuando me salgo con la mía. Al regresar a mi lugar vi a Carlitos recargado en la banca mirando pensativamente la pequeña engrapadora azul cielo.
- ¿Qué se sentirá engraparte la lengua?– me preguntó muy serio.
- No lo sé – comenté totalmente indiferente - ¿por qué no te la engrapas y me dices?
- Esta bien, ten, engrápamela – me extendió la mano con la engrapadora – pero con cuidado ¡eh!
Recibí, incrédula ante tal petición, la engrapadora. Por un instante lo pensé, pero al final me dio mucha curiosidad. Sacó la lengua lo más que pudo, mientras yo la aprisionaba con aquel artículo azul cielo. Él me vio y movió los ojos dando una afirmación. Lo único que yo hice fue cerrar los ojos y presionar lo más fuerte contra la base de la engrapadora…
Sentí que dio un grito ahogado. Se apartó bruscamente de la banca y se tapaba desesperadamente la boca. Sus movimientos eran violentos, la cara roja, las lágrimas asomaban lentamente por su rostro. Pocas veces en mi vida he sentido culpa por algo, y ésta fue una de esas. Trataba de pedirle disculpas pero él no me escuchaba. De repente apartó las mano de la boca y descubrí asombrada que la grapa se había enterrado por lo menos un cuarto de su totalidad.
Me pedía a señas que la quitara de su boca, entonces lo que se me ocurrió hacer fue tomar un lápiz y hacer palanca en la lengua. La grapa salió volando, mostrando dos pequeños orificios en su lengua y un chorrito de sangre comenzó a fluir de ellos.
Pobre Carlitos, tan tranquilo que era. Siempre el primero en la lista de asistencia y no tendría yo otra referencia de él, de no ser porque ese año fue mi compañero de banca
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