Yo no tuve la culpa. Los profesores que teníamos eran nefastos. Mi condición física nunca ha sido la mejor, eso de sudar y realizar un esfuerzo físico no es para mí. He aprendido a ejercitar mi mente, me da más satisfacciones saber que mentalmente puedo hacer muchas cosas: prefería escribir, contar historias, platicar... Correr bajo el sol del medio día nunca fue mi sueño. Hacer estiramientos, algún momento de mi vida lo intenté pero desistí cuando descubrí lo adolorida que puedes quedar al día siguiente.
Siempre encontraba una excusa perfecta y válida para saltarme la clase de Deportes y no reprobar: dolor de estómago, calor, incluso llegue a decir que tenía pie plano y problemas con la espalda. Al inicio del ciclo escolar, no sé por qué tenían la tonta esperanza de dividir la clase en teórica y práctica, pffff, nunca entendí por qué debía saber las medidas reglamentarias de una cancha de basquetbol, de volei, si en mi vida lo practicaría de manera profesional, es más, creo que en mi vida lo he practicado. A los niños les vale un bledo las medidas oficiales y las reglas de los deportes.
Las técnicas de escape eran variadas. La primera semana de clases era usar todo el genio creativo para escapar de correr cual bestia por toda la cancha de basquetbol, hacer las odiadas abdominales, las dolorosas sentadillas, estar bajo el sol dos horas continuas, terminar como una milanesa –pegajosa y llena de tierra-, con sed y cansada, eso no da ningún tipo de satisfacción y orgullo. Es por esta razón que Luka y yo –porque Iker optaba por seguir la corriente al maestro-, implementábamos cada año un plan diferente: inventar enfermedades, pie plano –mi favorita-, achaques. Desde los 12 años yo tenía gota, la columna desviada, reuma, etcétera; si las primeras opciones no funcionaban, poníamos en marcha el Plan B: fingir los ejercicios frente al maestro y esperar a que éste se volteara y entonces tomar un breve descanso. Repetíamos la dinámica hasta terminar la primera hora de la clase, ya en la segunda él estaba tan harto que nos dejaba ser libres.
Así, durante las primeras semanas, todo era un estira y afloja entre el maestro y nosotros, hasta que después de un tiempo se daba cuenta de que éramos caso perdido y terminaba por ignorarnos. Cuando eso ocurría, optábamos por refugiarnos en el pasillo a los vestidores, y tirados en el frío piso platicábamos a nuestras anchas durante dos largas horas, algunas veces de la escuela y las clases, otras de los maestros y muy a menudo de nuestros vecinos y familiares.
Pero un año todo cambió. Nos cambiaron al maestro, ya no era aquel viejito regordete y regañón sin los dientes de enfrente, que en lugar de gritar hacia sonar un silbato casualmente siempre en mi oído –tenía la mala costumbre de, cuando estaba enojado, correr a él para ver su cara-. Llegué a pensar que al paso de los años quedaría sorda.
Ahora era un maestro mucho más joven, con la inexperiencia escrita en la cara, nervioso, austado, su única arma para "controlarnos" era el ejercicio continuo... Desde el momento en que lo vi supe que ese año sería uno en el que mi condición física estaría severamente dañada, no se rendiría tan fácilmente. Llegó con su lista de asistencia, una carpeta con apuntes y un bolígrafo, dispuesto a calificarnos hasta el último detalle: desempeño físico, uniforme, ¿cuaderno? ¡Por favor...!
-La clase la vamos a dividir en dos partes: la primera va a constar de calentamiento, estiramiento y un poco de atletismo –trataba de decir con seguridad, pero su rostro era de un total estres- y la segunda hora la dedicaremos a las actividades como grupo: futbol, basquetbol, voleibol.
Sentía que el aire me faltaba, el mundo me daba vueltas, eso era demasiado, no me podría parar en semanas.
-Ema, Iker y Luka tienen prohibido estar en los pasillos de los vestidores
-¡¿Queeeé?! ¿No quiere dispararme de una vez por todas?
Los viernes, tomando clases completas, escuchando su aguda voz gritándo ordénes porque era la única manera de hacerse tomar en cuenta -de respeto mejor ni hablar-,esas dos horas tan amadas se me iban sin poder hacer nada al respecto. Las esperanzas de regresar a los tiempos de las charlas y el esparcimiento mental se esfumaban semana a semana.
Fue un día de abril que sucedió sin planearlo: el golpe de estado a la clase de Educación Física. Si hubiera sabido que esa era la solución, desde hacía mucho la hubiese aplicado. Esa sería su última clase con nosotros.
Mascábamos chicle en clase porque sabíamos lo mucho que le molestaba, era nuestra pequeña venganza por todo lo que cada viernes nos hacía sufrir, por aquellos sábados en los que despertaba tan adolorida, en calidad de bulto.
Yo tenía –tengo- la mala y fea costumbre de patear el chicle cuando decidía deshacerme de él. Lo aventaba al aire y antes de tocar el suelo le pegaba una patada que en algunas ocasiones no veía ni dónde caía. La moda del chicle en parte se la debíamos a esas paletas de bola con capas de sabores, tan famosas ahora, en esa época eran toda una novedad con su centro de chicle, el cual posee una propiedad muy singular y es que al cabo de un buen rato mascando la goma, ésta se convierte en una especie de plástico, pasa del estado viscoso al semisólido, muy útil para un arma clásica en la escuela: la cerbatana –la cubierta transparente de los bolígrafos- de bolitas de papel con baba; en el caso de mis compañeros de escuela, no usaban las precarias bolitas de papel, las habían sustituido por bolitas de chicle.
Día de evaluación. Hacía más calor que de costumbre y parecía que el espíritu de joder del tipo se encontraba en sus niveles máximos, porque nos hizo ejercitar como verdaderos atletas olímpicos, al grado que sentía desfallecer. Las extremidades me pesaban, el aire me faltaba, la sangre a mi cabeza ya no llegaba, estaba segura que habían muerto miles de neuronas por falta de oxígeno a mi cerebro. Había pasado la primera hora de la clase y sólo esperaba que gritara mi mediocre calificación, me conformaba con pasar y olvidar el trago amargo acostada en el pasto o columpiándome mientras veía a los otros jugar. Siguiendo el orden de la lista pronunció el valor que le había otorgado a nuestros esfuerzos. Estaba por echarme literalmente en el pasto cuando...
-¡Vamos! Formen dos equipos de niños y dos de niñas, rápido, los niños a la cancha de futbol y las niñas a la de basquetbol –pronunció el tipo este- que voy a subir un punto sobre calificación final a los equipos ganadores.
-No, no ¿qué le pasa? ¿Está usted loco, qué piensa? – gritó la bulla.
El caos se armó, en fracciones de segundos todos estaban alrededor de él, parecía que lo iban a linchar, gritos, empujones, malas palabras y él en medio de ese huracán de pseudoadolescentes, cansados, sudorosos, sucios, olorosos y sobre todo molestos. Unos chicos ya resignados preferían aprovechar la disputa para jugar un ratito con las cerbatanas de chicle. Eran más poderosas mis ganas de molestar, porque con los pocos ánimos me levanté y acompañada de Iker y Luka caminé hacia la multitud, decidida a gritarle dos o tres verdades a la cara. Varios metros antes de llegar, boté el chicle y lo pateé, Iker me siguió y Luka lo aventó con la mano totalmente desganado. No teníamos fuerzas para levantar la mirada y seguir la trayectoria del chicle –nos gustaba ver quién lo hacía llegar más lejos-, aparte de que movíamos la cabeza de un lado a otro esquivando los chicles de los demás.
El maestro se rascó la cabeza y una mancha rosa en ella de repente se hizo más grande y se adhirió a su cabello.
-¿Quién fue?– preguntó al tiempo que trataba inútilmente de despegarse el chicle que, por el calor, estaba más pegado que nunca– ¡Ahora mismo me dicen quién fue o los repruebo a todos!
Luka, Iker y yo nos miramos fijamente a la cara, después hacia los demás y nuevamente intercambiamos miradas, que no expresaban otra cosa que incertidumbre.
1 Comentarios:
Y qué pasó después??
Acaso renunció... ay pinche Ema, seguro eras una pesadilla de adolescente jajaja..
SaluditoS
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