EL PAN NUESTRO DE CADA DIA

Algunas veces nos encontramos ante distintas situaciones en las que llegamos a perder la poca humanidad que nos queda. En esta ciudad, y para como están los tiempos, cada quién ve para su santo. Basta con ver el transporte público en las horas pico: no cabe ni un suspiro. Pero no, la gente a "wbo" quiere entrar, porque ya se le hizo tarde para llegar al trabajo o escuela.

Inconformes con la rutina diaria, buscan un pretexto para descargar ese estrés que almacenan día a día, a la menor provocación atacan. Normalmente todo es por medio de muy malas palabras y puede ocurrir en cualquier lugar.


-¡Hágase para allá que quiero entrar!- exclama un hombre apurado tratando de entrar en un vagón del metro. (son las 7:00 am)

-¿¡Qué no ve que no cabemos!?- dice muy enojado otro. Claro, como él se encuentra adentro le vale. -¡Mta! Si no te parece pues comprate tú pin(#3 carro.

-¿No ve que voy tarde?

-¡Párate más temprano entonces, no es mi culpa que te levantes tarde!

El hombre que se encuentra afuera comprende que será inútil discutir, la única solución posible es entrar por la fuerza; además está comprobado que el ser humano comparte una propiedad con los líquidos: toma la forma del recipiente que lo contiene. Empuja fuerte a todos los que ya se encuentran dentro, los pisa, e incluso, queda recargado en algunos de ellos... las puertas se cierran tras algunos minutos -los cuales parecen pasar bajo el agua, porque se hacen eternos-. El vagón avanza mientras se dirige no sólo a una estación más, sino una nueva escena.
La semana pasada salí a comprar el pan, era la hora pico para comprar, la operación debía ser efectuada rapidamente porque me encontraba estacionada en un zaguán de esos "NO estacionarse. Se ponchan llantas gratis", así que no había lugar para contratiempos.

Entré a las 7:30 pm en punto, tome una charola y unas pinzas, justo cuando llegue al cajón de los bolillos me di cuenta de que estaba vacío, no había más que morusitas de pan. La sorpresa apareció en mi rostro, contuve mis prisas y me dirigí hacia el encargado de la caja registradora para preguntar:

-Disculpe, ¿no sabe a qué hora van a estar listos los bolillos?
-Uyyy, como en unos 20 minutos y es la última orden del día.

Era demasiado el tiempo de espera, la gente comenzó a llegar. Pronto ya había un chi/&%$!@ de personas, todas esperaban lo mismo que yo, el codiciado pan. Pasé a un estado de desesperación: pinzas y charola en mano veía pasar uno a uno los minutos, miraba hacia el corredor, donde se encuentran los hornos, con la esperanza de ver aparecer las charolas llenas de pan.

A cada minuto que pasaba llegaba más gente. Todos se arremolinaban junto al cajón, se veían unos a otros con fingida cortesía, me miraban y la indiferencia les contestaba cortantemente. Pensaba en meterle su pellizcada a dos que tres con las pinzas si me querían arrebatar el pan. Ni madres (no es una frase que yo use, pero ese día estaba muy molesta y me salió del corazón), yo había llegado primero. Pellizcos en sus partes nobles, "pellizco, vuelta y suelto" "pellizco, jalo, vuelta y suelto".

Más de 20 minutos ya habían pasado y nada. Ese lugar ya era un tumulto de gente, parecía que regalaban algo. Temía por las llantas del coche, pero si me movía de mi puesto en la trinchera, se iría al carajo todo el tiempo perdido. Ya no había otra salida: esperar en pie de guerra hasta el final. Tras 10 minutos más de espera, salió el pan y fue entonces que la cacería comenzó.

La gente se avalanzó como leones sobre él y al ver esa reacción yo perdí también toda mi cortesía. Sin pensar dos veces, literalmente me lancé y jalé una de las charolas para sacar pan. Al momento de tomarla tres bolillos cayeron en manos de un tipo que se encontraba enfrente de mí, él no se dio cuenta, pues estaba muy concentrado tratando de ganarle el pan a otros. Con todo el descaro del mundo exclamé: "éstos son míos", al tiempo que tomaba con las pinzas el pan para pasarlo a mi charola.

La gente se acababa de volver loca, cada vez quedaba menos racionalidad. Cuando vi ya no había más que una charola completa. Más tardé en reaccionar que la gente en avalanzarse sobre esas últimas piezas de pan. Cegada por la prisa, miré de reojo al tipo frente a mí. Aún estaba distraído consiguiendo su pan y como a mí sólo me faltaban otros dos bolillos para cubrir mi cuota y largarme de ahí, vilmente me los "apañé", y entonces, con la tranquilidad de quién nada debe, fui hacia la caja dejando al pobre hombre pelear por los bolillos.

Huí lo más rápido que pude, consciente de que por un instante caí en el salvajismo de esta ciudad.

1 Comentarios:

Anónimo dijo...

Bolillos, metro, ganarle el paso al semáforo o al microbus, mentarle la madre al que te ganó, tirar al que está más arriba de tí en tu posición social y sino, mínimo sobajarle unos insultos (¡pinche puto, es un pendejo que no se por que es mi jefe!). Todo es salvajismo en la vida cotidiana. Desgraciadamente no podremos vivir ya como Lao Tse, a menos que salgamos de esta jungla. Saludos, muy buena la entrada. Atte. El salmón