Hay seres cuya vida nos inspira, otros que sólo es una línea recta, y algunas más, aunque no inspiren y sean tal vez aquellas con más errores que cualquier otra, que resultan únicas y muy interesantes, dignas de ser contadas.
Se disfruta el oír cómo han ocurrido, porque simple y sencillamente vienen a cumplir el principal objetivo... "vivir". Una vida así ha sido la de Don Sergio, uno de los seres más groseros e irreverentes que alguien puede conocer. De carácter fuerte y sin pelos en la lengua se ha mostrado al mundo.
-¡Deja de estar ahí pendejeando y ven a saludarme! ¡¿Qué esperas?! Quita esa cara de pendejo que te cargas y muévete!
-Ya voy, nada más no sea tan grosero- es lo que la mayoría de las personas, si no es que todas, contestan asustadas.
Como comprenderán, no es del agrado de muchas personas -aunque por lo general nadie se atreve a decirle algo en la cara-. Para mí es de admirarse: que le valga lo que piensen los demás, sin dejar que influyan en sus decisiones, no ceder a chantajes y sentimentalismos, no vacilar, ser siempre él.
Su vida ha estado llena de peligro, ese peculiar modo de ser lo ha hecho protagonista -junto con su compañera de vida, Paz- de historias llenas de balas, sangre, adrenalina y, sobre todo, muchas groserías.
En más de una ocasión han atentado contra su vida, y él siempre va contra todo pronóstico. Porque creo que esas historias son para recordar, aquí esta la primera. Eran los tiempos en que nuestros protagonistas dedicaban la mayor parte del día en atender un restaurante que hacía poco habían abierto.
Contaba con música en vivo y ésto había logrado atraer a un buen número de personas, pero no salgamos de la historia: los lugares vecinos ya comenzaban a sufrir por la falta de clientes, incluso algunos de ellos cerraron al poco tiempo, aunque siempre hay quien no se resigna a perder, o por lo menos no a la primera de cambio.
Era sabido por todas las personas cercanas o asiduas al lugar que la familia de Don Sergio comía en la parte superior del restaurante y que incluso algunas veces él atendía personalmente la barra a cierta hora del día, regularmente cuando los meseros y demás personal comían. Así, uno de tantos días, los músicos se encontraban tomando un descanso, y Don Sergio se dirigió para tomar su lugar detrás de la barra.
-No, Don Sergio, permítame, yo lo atiendo- dijo uno de los músicos al tiempo que lo invitaba a tomar asiento.
De este modo Don Sergio quedó sentado frente a la barra como un cliente cualquiera, y es apartir de ese momento en que las cosas ocurren de una manera acelerada y cuando en la escena domina el desconcierto y quizás cuando el destino -si se cree en él- juega un papel determinante.
Recordemos que la familia se encuentra en la parte superior comiendo, los músicos descansan y junto con el personal se encuentran ingiriendo los "sagrados alimentos", otro más está detrás de la barra atendiendo, cuando entra tranquilamente un hombre, se dirige hacia la mesa del personal, pregunta algo y la cocinera responde con la cabeza en un gesto que indica hacia la barra del lugar.
El tipo se sienta serenamente frente a la barra, a un costado de Don Sergio, lo mira a los ojos, después fija la mirada en el músico que se encuentra atendiendo, regresa la mirada una vez más a Don Sergio y asiente con la cabeza, el músico mira extrañado al hombre, que en ese momento habla para pedir sólo un refresco con hielos. Nadie desconfia, ni siquiera imaginan lo que va a suceder en dos minutos más.
Se repite el intercambio de miradas, mientras el refresco es servido de manera ágil por el músico. El hombre mira pensativo el vaso, cómo suda debido a los hielos y el calor del día. Queda un minuto para que sucedan las cosas y uno más para que todo haya terminado. El hombre mira al músico y pregunta:
-¿Don Sergio?- rápidamente mira de nueva cuenta a Don Sergio y regresa la mirada al músico, quien no dice nada, simplemente se limita a mover la cabeza de manera afirmativa. -Mucho gusto.
El tono utilizado en esta frase es totalmente indiferente. En ese instante el hombre se levanta de su silla, saca una pistola, apunta al músico y dispara a quema ropa. La descarga de adrenalina, los nervios y la fuerza de los disparos lo hacen dar varios tiros perdidos. Una mezcla de miedo y asombro se apoderan del lugar, Don Sergio se avienta hacia las escaleras que conducen al primer piso, cuando se percata de que Paz viene bajando muy asustada.
-¡Regrésate! ¡Con una chingada, regrésate, yo voy detrás de ti!
No se apunta a ningún otro lado, sólo la barra sufre toda la descarga de la pistola, el músico fue derribado por una bala en el hombro y gracias a eso pudo resguardarse detrás de la barra. El hombre termina con todas las balas de la pistola y una vez que los meseros y músicos se percatan de que el peligro terminó, se incorporan decididos a responder al inesperado ataque, mientras en la parte superior del restaurante, el coraje se apodera de Don Sergio, quién baja decidido a cobrarse el daño.
-¡Ahora sí hijo de la chingada!- grita Don Sergio al tiempo que baja las escaleras- ahora sí vas a saber quién es Sergio.
-¿Don Sergio? - exclama confundido el hombre.
El hombre se da cuenta del error tan grave que cometió: su objetivo era Don Sergio y en vez de eso hirió a un músico que no tenía que estar atendiendo la barra ese día. La barra era tarea diaria de Don Sergio, no pensó en el factor variable. Ahora tenía no sólo a un Sergio muy molesto, también a todo el personal del restaurante. El pánico lo invade, arroja la pistola y huye del lugar, seguido por varios miembros del personal del lugar. Tres músicos corren a auxiliar a su compañero, al tiempo que se llama a la ambulancia.
Don Sergio camina apresuradamente a su carro, acompañado por varios meseros armados con tubos y botellas. El hombre, quien corre a todo lo que sus piernas lo pueden hacer, está aturdido por tanto miedo y no se percata que no dobló en una calle como él pensó, sino en un callejón. El carro le da alcance y lo acorrala, se detiene y bajan de él sus pasajeros. El hombre pide perdón, suplica consideración, tan sólo cumplía con un trabajo. Es inútil le espera por lo menos una senda golpiza, en el mejor de los casos.
Mi abuela dice sabiamente: "cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas".
Se disfruta el oír cómo han ocurrido, porque simple y sencillamente vienen a cumplir el principal objetivo... "vivir". Una vida así ha sido la de Don Sergio, uno de los seres más groseros e irreverentes que alguien puede conocer. De carácter fuerte y sin pelos en la lengua se ha mostrado al mundo.
-¡Deja de estar ahí pendejeando y ven a saludarme! ¡¿Qué esperas?! Quita esa cara de pendejo que te cargas y muévete!
-Ya voy, nada más no sea tan grosero- es lo que la mayoría de las personas, si no es que todas, contestan asustadas.
Como comprenderán, no es del agrado de muchas personas -aunque por lo general nadie se atreve a decirle algo en la cara-. Para mí es de admirarse: que le valga lo que piensen los demás, sin dejar que influyan en sus decisiones, no ceder a chantajes y sentimentalismos, no vacilar, ser siempre él.
Su vida ha estado llena de peligro, ese peculiar modo de ser lo ha hecho protagonista -junto con su compañera de vida, Paz- de historias llenas de balas, sangre, adrenalina y, sobre todo, muchas groserías.
En más de una ocasión han atentado contra su vida, y él siempre va contra todo pronóstico. Porque creo que esas historias son para recordar, aquí esta la primera. Eran los tiempos en que nuestros protagonistas dedicaban la mayor parte del día en atender un restaurante que hacía poco habían abierto.
Contaba con música en vivo y ésto había logrado atraer a un buen número de personas, pero no salgamos de la historia: los lugares vecinos ya comenzaban a sufrir por la falta de clientes, incluso algunos de ellos cerraron al poco tiempo, aunque siempre hay quien no se resigna a perder, o por lo menos no a la primera de cambio.
Era sabido por todas las personas cercanas o asiduas al lugar que la familia de Don Sergio comía en la parte superior del restaurante y que incluso algunas veces él atendía personalmente la barra a cierta hora del día, regularmente cuando los meseros y demás personal comían. Así, uno de tantos días, los músicos se encontraban tomando un descanso, y Don Sergio se dirigió para tomar su lugar detrás de la barra.
-No, Don Sergio, permítame, yo lo atiendo- dijo uno de los músicos al tiempo que lo invitaba a tomar asiento.
De este modo Don Sergio quedó sentado frente a la barra como un cliente cualquiera, y es apartir de ese momento en que las cosas ocurren de una manera acelerada y cuando en la escena domina el desconcierto y quizás cuando el destino -si se cree en él- juega un papel determinante.
Recordemos que la familia se encuentra en la parte superior comiendo, los músicos descansan y junto con el personal se encuentran ingiriendo los "sagrados alimentos", otro más está detrás de la barra atendiendo, cuando entra tranquilamente un hombre, se dirige hacia la mesa del personal, pregunta algo y la cocinera responde con la cabeza en un gesto que indica hacia la barra del lugar.
El tipo se sienta serenamente frente a la barra, a un costado de Don Sergio, lo mira a los ojos, después fija la mirada en el músico que se encuentra atendiendo, regresa la mirada una vez más a Don Sergio y asiente con la cabeza, el músico mira extrañado al hombre, que en ese momento habla para pedir sólo un refresco con hielos. Nadie desconfia, ni siquiera imaginan lo que va a suceder en dos minutos más.
Se repite el intercambio de miradas, mientras el refresco es servido de manera ágil por el músico. El hombre mira pensativo el vaso, cómo suda debido a los hielos y el calor del día. Queda un minuto para que sucedan las cosas y uno más para que todo haya terminado. El hombre mira al músico y pregunta:
-¿Don Sergio?- rápidamente mira de nueva cuenta a Don Sergio y regresa la mirada al músico, quien no dice nada, simplemente se limita a mover la cabeza de manera afirmativa. -Mucho gusto.
El tono utilizado en esta frase es totalmente indiferente. En ese instante el hombre se levanta de su silla, saca una pistola, apunta al músico y dispara a quema ropa. La descarga de adrenalina, los nervios y la fuerza de los disparos lo hacen dar varios tiros perdidos. Una mezcla de miedo y asombro se apoderan del lugar, Don Sergio se avienta hacia las escaleras que conducen al primer piso, cuando se percata de que Paz viene bajando muy asustada.
-¡Regrésate! ¡Con una chingada, regrésate, yo voy detrás de ti!
No se apunta a ningún otro lado, sólo la barra sufre toda la descarga de la pistola, el músico fue derribado por una bala en el hombro y gracias a eso pudo resguardarse detrás de la barra. El hombre termina con todas las balas de la pistola y una vez que los meseros y músicos se percatan de que el peligro terminó, se incorporan decididos a responder al inesperado ataque, mientras en la parte superior del restaurante, el coraje se apodera de Don Sergio, quién baja decidido a cobrarse el daño.
-¡Ahora sí hijo de la chingada!- grita Don Sergio al tiempo que baja las escaleras- ahora sí vas a saber quién es Sergio.
-¿Don Sergio? - exclama confundido el hombre.
El hombre se da cuenta del error tan grave que cometió: su objetivo era Don Sergio y en vez de eso hirió a un músico que no tenía que estar atendiendo la barra ese día. La barra era tarea diaria de Don Sergio, no pensó en el factor variable. Ahora tenía no sólo a un Sergio muy molesto, también a todo el personal del restaurante. El pánico lo invade, arroja la pistola y huye del lugar, seguido por varios miembros del personal del lugar. Tres músicos corren a auxiliar a su compañero, al tiempo que se llama a la ambulancia.
Don Sergio camina apresuradamente a su carro, acompañado por varios meseros armados con tubos y botellas. El hombre, quien corre a todo lo que sus piernas lo pueden hacer, está aturdido por tanto miedo y no se percata que no dobló en una calle como él pensó, sino en un callejón. El carro le da alcance y lo acorrala, se detiene y bajan de él sus pasajeros. El hombre pide perdón, suplica consideración, tan sólo cumplía con un trabajo. Es inútil le espera por lo menos una senda golpiza, en el mejor de los casos.
Mi abuela dice sabiamente: "cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas".
3 Comentarios:
A la muerte le gusta burlarse de nosotros; a veces se lleva a los más inocentes y deja a los más imbéciles. A veces también es benévola cuando es el alivio del sufrimiento de alguien o de algunos. Ejemplos hay muchos. Pero cuando la muerte pasa rosando, como la brisa de la bala que fue para el música, la vida adquiere otro significado y otra connotación. Presas del pánico y presas del miedo, la muerte siempre se burla de nosotros para recordarnos que la vida es sólo una.
Salmón
P.D. Crónica de una no-muerte anunciada.
pz che lizz sabes que me caes super pkm ajja te kiero neta tkmmm
cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas".
muy cierto
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