LECCIONES DE MOTO EN 3 PASOS

Ser instructor de algo que tiene ruedas y un motor -lo cual considero como máquinaria pesada- es una de las cosas más estresantes que puede haber en este mundo. Para mi buena suerte la gente me encomienda a mí esa tarea, que recibo más como una penitencia por todas las cosas graciosas que veo en el diario vivir.

Muchos ejemplos vienen a mi cabeza, cuentan una etapa de conciencia en mi vida a través de los años. Yorch y yo estábamos parados frente al auto de mi padre, hacía algún tiempo que yo manejaba, lo normal era dar unas cuantas vueltas por las calles, nada largo y complicado, hasta que Yorch me pidió una lección express, fueron más o menos treinta minutos de ir de una calle a otra, tratando de dominar al auto en los topes y justo al entrar a la calle para dar por terminada la lección, chocamos contra un auto estacionado en la esquina; un faro roto y parte de la defensa torcida fue el recuerdo que le quedó a la víctima, a nosotros simplemente se nos cayó la mica de la calavera, cosa que solucionamos con un poco de pegamento instantáneo.

Si bien es cierto que me asusté mucho, pero nada comparado con la vez en la que Tisha me convenció de la aterradora idea de ser su instructora de motoneta-scooter-, para ese entonces ya contaba con algo de conciencia acerca de la seguridad e integridad física del conductor y pasajeros -más si el pasajero se trata de mi persona- por lo que el entrenamiento consistió en varias sesiones, primero con el vehículo apagado, después con pequeñas pruebas de encendido, más tarde recorridos por las calles y finalmente culminando con un paseo por la avenida. Ahí pagué todos los momentos de burla de los últimos 15 años de mi vida.

Tisha salió por la calle principal rodeada de autos ¡sola! Yo iba en el carro detrás de ella, cuando el alto en el semáforo apareció y en un acto de osada valentía pasó por entre los coches hasta llegar a la línea peatonal. Al ver esa imagen el color de la cara me desapareció por completo, cuando la luz cambió a verde y arrancó, sentí que con ella también había arrancado mi alma hacia algún punto en el universo. Manejé los siguientes cien metros por pura inercia, después cuando la vi rebasar aquel taxi e invadir el carril pasando a tan sólo medio metro de él, no sólo vi alejarse aún más mi alma, sino exclamé con la poca saliva que aún me quedaba.

- “¡Creo que me está hormigueando el lado izquierdo de mi cara!”- seguido de un tic en el ojo.

Aún no recuerdo cómo llegamos sin percance alguno a su casa, al girar la llave del switch recuperé el control total de mi cuerpo, incluyendo mi alma, en ese preciso instante di por terminadas las clases, no más prácticas, todo sería teoría y un estudio profundo del nuevo reglamento de tránsito. Sin embargo nadie como mi madre, quién hace unos días –a pesar de la experiencia que dan los años- le dio la loca idea de aprender a conducir motoneta, y escogió quizás al instructor más práctico que hay sobre este planeta, mi hermano. Las instrucciones fueron muy sencillas:

1) Meta la llave y encienda

2) Persígnese y rece si sabe

3) Acelere

-¡Que tenga usted un muy buen viaje! Gracias por confiar en nosotros- seguramente fue el discurso de graduación de mi hermano. Mamá, como toda buena alumna, siguió al pie de la letra las indicaciones del instructor, lamentablemente no logró avanzar ni cinco metros cuando se encontró al poste en su camino, se sujetó fuertemente de él y giro cual luchadora profesional aplicando una llave al poste. La motoneta quedó a escasos centímetros de ella, afortunadamente en la calle no había nadie más que el instructor para presenciar ese bochorno.

Con algo más que el orgullo raspado se levantó, sacudió su pantalón y entró en la casa a curar las heridas, con la firme promesa que una vez recuperada del incidente continuará su aprendizaje, pero esta vez con la aterradora diferencia de ser yo su nueva instructora, creo que pagaré por adelantado algunos años de carcajadas.
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MI OGT INTERIOR

Cuando pasamos lentamente en un accidente de autos, de esos que son horribles pero no puedes dejar de ver esas escenas sangrientas; cuando le tocamos fuertemente el claxon al perro a mitad de la calle, despertamos con un chiflido al borracho dormido en la banqueta o los momentos en los que te tomas el tiempo de mirar a tus anchas al perro muerto con la panza inflada y a punto de reventar, no somos nosotros los que actuamos así, es el OGT que llevamos dentro.

Son días en los que el OGT que vive en mí sale a la luz, aquel que con todas sus ganas desea que en las posadas a alguien le toque un palazo y, mejor aún, poder grabar ese momento con el celular. El OGT que se sigue riendo hoy de la caída de Juan Gabriel e incluso tiene el video como uno de los favoritos, que cuando va en la calle manejando va escaneando a cada uno de los conductores, esperando que uno de ellos se saque un moco o se le abra de la nada la puerta del auto y salga rodando por el camino.

La aparición más larga e inoportuna de mi OGT interior fue en la recepción de la boda de "La Güera", cuando comenzaron la famosa "Víbora de la Mar" él era presa del ansia al ver que ningún pobre diablo terminaba trapeando el salón.

- "¡Denle más rápido; denle más rápido que así nadie se va a caer jamás!" - gruñía ferozmente en primera fila con cámara en mano.

El momento que más disfruta de estos eventos es la hora de partir el pastel pues le gusta ver cómo los novios son arrojados con saña por los invitados, los cuales, por supuesto están dejando actuar a su respectivo OGT.

Ese OGT interior goza con la vergüenza de otros. Por ejemplo en la recepción de "La Güera", uno de los invitados no sólo le zumbó la cara al novio en el pastel, sino que dejó de ejercer presión hasta que se escuchó un seco "crack".


El pobre tipo cayó desmayado llevándose consigo los tres pisos de aquel suculento postre, para mi mala fortuna solté una carcajada que retumbó seguramente hasta el estacionamiento del lugar, no podía mantener una toma fija con la cámara debido al ataque de risa que me invadió. Aunque sabía que lo más oportuno era auxiliar a mi "primo" algo dentro de mí decía:

-"Jajajajaja... ¡esté es material de primera para el canal de You Tube!"

El OGT interior viene en distintos modelos, puede ser un gordo asqueroso y barbón, que todo el día se la pasa comiendo "chatarra", un viejillo frustrado con olor a naftalina y los pantalones hasta el pecho, o una "sesentona" con gesto de fuchi en la cara, atenta a los últimos chismes en la nota roja del periódico, eso depende de cada quien.

Difícil es controlarlo, porque en los momentos más embarazosos le da por salir a la luz, se acuerda de los chistes crueles -muy buenos, por cierto- en los velorios, se pone unos corajes marca embolia a la vista cuando alguien en la calle a punto de caer recupera el equilibrio, aunque de ser por ella lo ayudaba (pero a caer más rápido).

Se debe entender que no es cruel e insensible, simplemente mi OGT interior se encuentra más a flor de piel que el de muchos otros, tiene autonomía y ya no sé cómo controlarlo, aunque lo realmente interesante es cuando termina juntándose con una chiquilla que vive dentro de mí, que de tan honesta que es cae en el cinismo.
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SOÑAR ES UN CONSUELO PARA EL ALMA

Se dice que lo que uno sueña son experiencias que se viven durante el día, durante nuestra vida. O, como diría algún psicoanalista famoso, son deseos reprimidos del inconsciente. Sin embargo hay sueños tan nítidos que se confunden con la realidad. Éstos, normalmente, son un consuelo para el alma. Es entonces cuando una película se forma en nuestra mente, una historia corta y concreta, con un principio y un misterioso e inconcluso "final" que se repite una y otra vez.

Ha pasado mucho tiempo de eso, y ahora yo me pregunto si fue real. He oído este sueño desde hace ya unos años, ya no recuerdo cuándo fue la primera vez. Han sido tantas veces que se ha convertido en una historia, en un cortometraje. Es uno en blanco y negro, ya esta un poco gastado de tanto que lo he reproducido, el sonido no es el mejor, pero no quiero desecharlo.

No hay backstage, no tengo escenas inéditas, ni material extra. No tengo ni la certeza de quién lo produjo, si el cerebro o el corazón. Un clic mental al botón play y la historia comienza a correr:

"Es una fría noche de enero, el año puede ser cualquiera, el dolor es el mismo. Ahí está profundamente dormida, ha sido un día muy pesado, entre la escuela y el trabajo no quedan ganas para nada. Piensa en su padre, quien desde hace unos días está en el hospital. Hoy no tuvo tiempo de verlo, llegó a casa y apenas pudo cenar. Las ganas de dormir y descansar eran más fuertes. Dejó toda la comida en la mesa.

Entrada la noche, una imagen llegó a su mente, un sueño extraño: sueña que esta dormida, que está soñando. Afuera está el perro, un doberman sentado como todos los días frente a la puerta principal. Desde que su amo enfermó está a la espera del regreso. Escucha sus pasos inquietos, va de un lado a otro, está nervioso y jadea desesperadamente. Ella está confundida, no sabe cuál es el sueño y cuál la realidad.

Silencio absoluto, la noche vuelve a ser tranquila, el sueño es absurdo -soñar que duermes-. Lo mejor es no soñar, no gastar energías... Súbitamente el perro vuelve a dar pasos acelerados, se oye desesperado, jadea de manera muy agitada, lanza pequeños aullidos, se percibe su angustia en el aire y en cada gemido una dolorosa tristeza.

La puerta se abre, por unos segundos la mujer se encuentra confundida entre el sueño y la realidad. Alguien entró a la casa, puede sentir la presencia. No quiere despertar, no sabe si ya está despierta. Es aquí cuando todo sucede, unas voces se escuchan, no encuentra género en ellas. En realidad desconoce si escucha las voces o tan sólo las palabras.

- Creo que están dormidos.

- Mejor vámonos, hay que dejarlos descansar, llevan toda la
semana en el trabajo y escuela.

Las voces desaparecen, el perro por fin se calma, ella deja de soñar, o quizás por fin se quedó dormida, quién sabe. Unas cuantas horas después despierta, aún esta cansada pero tiene hambre, sale al comedor. La comida del día anterior ya no está, revisa en el refrigerador. Tampoco hay nada. La puerta principal apenas y está entrecerrada -la noche anterior su esposo la cerró con llave-. Recuerda el sueño, parecía real. El télefono suena..."


Sábado 4 de enero, la mujer se levantaba para desayunar e ir a visitar a su padre al hospital cuando recibió la noticia: él había muerto. Alrededor de las 4 de la madrugada se quedó dormido para siempre. La comida en la mesa había desaparecido, la puerta se encontraba abierta, la negación ante la noticia estaba a flor de piel. Fue entonces que apareció el vacío, ese agujerito que se siente dentro de uno cuando una parte de la vida se va.

Puedo dar muchas explicaciones a lo que sucedió. Explicaciones lógicas, racionales, pero puede ser que no quiera hacerlo, porque simplemente quiero creer que lo que sucedió es real, porque... hoy, ventitantos años después, mamá sigue sin saber qué hacer con ese agujerito, y guarda el único consuelo de que él, ese hombre que es mi bisabuelo, esa fría madrugada de enero la muerte le dio permiso de despedirse.
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