Caminaba por las calles y experimentaba una nueva sensación. El frío aire golpeaba mi cara, lejos de ser molesto era como si a su paso se llevara todas mis dudas y preguntas de tiempo atrás, y fue entonces como un flashbacks llegó a mi cabeza, recorrí mentalmente la historia del viaje que hoy experimento. Mientras caminaba a dónde hoy es mi casa, recordaba el camino que me trajo hasta aquí. Siempre en cada nuevo viaje existe cierta incertidumbre por lo que va a pasar y esta se hace aún mayor cuando ni siquiera sabes hacia dónde te llevará.
Ahora que estoy aquí es que pienso en él camino que he recorrido hasta este punto, la gente que he conocido, los consejos que me han dado, las manos que me han sido tendidas a lo largo de este año, las lecciones que he aprendido.
Caminos cerrados por la lluvia y troncos de árboles, así también me he encontrado travas en la vida camino acá, historias interesantes que van dejando mensajes y conocimiento en mi vida, saber que por difícil que parezca aún hay gente que comparte, que da, que de corazón siguen creyendo que dar es el mejor modo de llegar a ser felices. Que la vida es una repetición constante de lo que das, que es mejor dar que recibir.
Ismael en Morelos, Aurelio en Huajuapan, Adriana en Oaxaca, Miguel Ángel en San Juan del Río, César en Zihuatanejo, en Guerrero, en Mulegé, en Huatulco, en cada uno de los lugares que he pisado. Me prepararon para hoy estar aquí, para disfrutar de este simple momento de estar sentada escribiendo estas líneas junto al mar, en una paz y tranquilidad que ninguna moneda puede comprar, de saber que el mar y yo estamos en sintonía, que me recibe como toda esa gente lo ha hecho con los brazos abiertos en un abrazo lleno de comprensión y al mismo tiempo de libertad, libertad de explorarlo todo con tanta tranquilidad, de saborearlo, de ir en cámara lenta, de descubrir en cada zambullida los misterios que oculta y que solo para aquellos que de verdad quieren saber los muestra sin recelo, sin egoísmo, el mar es tan noble, ahí radica su inmensidad, en que todo lo da, el aroma, la sal, los peces, la tranquilidad.
La segunda oportunidad de recuperar lo que deje ir, de entender que lo que se ama se defiende hasta el final, lo que se ama se lleva consigo hasta donde uno va, porque es eso que te impulsa a seguir, eso que te ayuda en este diario vivir, es aquello que te hace sonreír con solo recordar, aquello que te susurra el viento en la cara.
Así la vida es un largo viaje dividido en diferentes estaciones, en lugares distintos, y cada cambio es un salto a otro lugar, algo así como un salto cuántico, lo sé, dirán y ahora de donde me sale el conocimiento científico; los momentos que la vida nos brinda una posibilidad, o nos ofrece un riesgo, o nos da la opción de pegar un cambio en el timón. Es decir, cuando surge una expectativa o comienza a desarrollarse una esperanza. En esos momentos, creo yo, el mundo que nos rodea se pone alerta y comienza a emitir gestos de complicidad, en clave, señales sutiles y a veces irónicas, para alentarnos o para persuadirnos a seguir adelante.
El truco es permanecer alerta ante las distintas señales que la vida nos ofrece camino a cualquier decisión, esas pequeñas alertas que se nos presentan en el transcurso del viaje, para saber si hay que seguir en el carril o hacer un cambio.
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Ahora que estoy aquí es que pienso en él camino que he recorrido hasta este punto, la gente que he conocido, los consejos que me han dado, las manos que me han sido tendidas a lo largo de este año, las lecciones que he aprendido.
Caminos cerrados por la lluvia y troncos de árboles, así también me he encontrado travas en la vida camino acá, historias interesantes que van dejando mensajes y conocimiento en mi vida, saber que por difícil que parezca aún hay gente que comparte, que da, que de corazón siguen creyendo que dar es el mejor modo de llegar a ser felices. Que la vida es una repetición constante de lo que das, que es mejor dar que recibir.
Ismael en Morelos, Aurelio en Huajuapan, Adriana en Oaxaca, Miguel Ángel en San Juan del Río, César en Zihuatanejo, en Guerrero, en Mulegé, en Huatulco, en cada uno de los lugares que he pisado. Me prepararon para hoy estar aquí, para disfrutar de este simple momento de estar sentada escribiendo estas líneas junto al mar, en una paz y tranquilidad que ninguna moneda puede comprar, de saber que el mar y yo estamos en sintonía, que me recibe como toda esa gente lo ha hecho con los brazos abiertos en un abrazo lleno de comprensión y al mismo tiempo de libertad, libertad de explorarlo todo con tanta tranquilidad, de saborearlo, de ir en cámara lenta, de descubrir en cada zambullida los misterios que oculta y que solo para aquellos que de verdad quieren saber los muestra sin recelo, sin egoísmo, el mar es tan noble, ahí radica su inmensidad, en que todo lo da, el aroma, la sal, los peces, la tranquilidad.
La segunda oportunidad de recuperar lo que deje ir, de entender que lo que se ama se defiende hasta el final, lo que se ama se lleva consigo hasta donde uno va, porque es eso que te impulsa a seguir, eso que te ayuda en este diario vivir, es aquello que te hace sonreír con solo recordar, aquello que te susurra el viento en la cara.
Así la vida es un largo viaje dividido en diferentes estaciones, en lugares distintos, y cada cambio es un salto a otro lugar, algo así como un salto cuántico, lo sé, dirán y ahora de donde me sale el conocimiento científico; los momentos que la vida nos brinda una posibilidad, o nos ofrece un riesgo, o nos da la opción de pegar un cambio en el timón. Es decir, cuando surge una expectativa o comienza a desarrollarse una esperanza. En esos momentos, creo yo, el mundo que nos rodea se pone alerta y comienza a emitir gestos de complicidad, en clave, señales sutiles y a veces irónicas, para alentarnos o para persuadirnos a seguir adelante.
El truco es permanecer alerta ante las distintas señales que la vida nos ofrece camino a cualquier decisión, esas pequeñas alertas que se nos presentan en el transcurso del viaje, para saber si hay que seguir en el carril o hacer un cambio.