Infinidad de recuerdos vienen a mi mente sobre estos temas, pláticas con Iker de tantos años y puedo escoger una al azar, una que él me contó hace poco y hoy con su ayuda publico aquí.
Gente común y corriente se convierte en héroe o en artista, de la noche a la mañana. Y aunque no es el caso de este pequeño relato, si cabe recalcar como una persona puede ganar reconocimiento por acciones propias de su naturaleza. He aquí el relato de La morena que fue una obra de arte de una persona con poco que aportar al mundo, digamos, su opera prima.
Dicha master-piece fue gestada en el lugar de inspiración de varios genios, como Ema o yo (modestia aparte), ese lugar donde cosas mágicas pueden ocurrir y no hablo de un modo literal, ahí donde el ser humano se encuentra solo, donde los pensamientos más efímeros cobran vida, el retrete.
Ocurrió en una tienda de discos de un centro comercial cerca de donde habitamos Ema y yo, en un día como cualquier otro. La majestuosa creadora de La morena había tenido molestias abdominales desde hacía cinco días, producto de comer cantidades industriales de comida china y sushi con mucha soya (así es… ¡los cinco días!) ese atentado contra natura lo hizo debido a que surgió su convicción que tenía que subir de peso para así poder quedar embarazada y no tener ningún problema durante su embarazo… y algo así sucedió. La creadora no varía mucho del fenotipo de una muchacha común y corriente habitante de San Agustín de los Miserables en este afamado, parsimonioso, guadalupano e idiosincrático municipio. Podrá imaginársela: estatura baja –menos de 1.50 metros-, complexión delgada (contrario al común “chaparritacuerpodeuva” de esta misma localidad), piel morena de raza de bronce, cabello largo, lacio y negro que llegaba más debajo de su cintura, una cara que hacía recordar a nuestros antepasados y un apetito que los que la conocemos no alcanzábamos a comprender, es decir, ¿Cómo es posible que tanta comida cupiera en un cuerpo tan pequeño? Pues esa pregunta la hicimos aún más después de terminada su magna obra. Volvamos entonces al análisis de la creación de la Gioconda de este personaje.
Como ha sucedido con otros artistas plásticos, esta pequeña mujer permaneció en el anonimato hasta que alguien más descubrió su obra y la publicó a los cuatro vientos. Era la mañana y la tienda había recién abierto. El encargado de la tienda, quien tiene un intestino comprable en exactitud con un reloj suizo o con el 030 del teléfono, acudió al sanitario del establecimiento. Posteriormente dio un voraz grito: “Vengan a ver esta maravilla”. Los empleados de esa tienda acudimos raudos y ahí la vimos: La morena salía de su madriguera y nos saludaba sonriente, nos guiñaba un ojo y se quitaba el sombrero para mostrar respeto a aquellos que desde lejos la observábamos. Era eso, una verdadera obra de arte; la vida que crea vida y la vida que se abre camino por senderos insospechados. No podíamos creer el espectáculo que presenciábamos con esos jóvenes e inocentes ojos, que nos ardían nada más de ver aquel “asunto” TAN concreto.
Las preguntas no se hicieron esperar, pero ¿Quién podría haber causado tal cosa en tan corto tiempo? Y así es, encontramos a la autora. La creadora comentó que después de esos cinco días había tenido un estreñimiento atroz, de esos que requieren algo más que un descorche al asterisco, ahí donde el cuerpo se hace remolino, y que el día anterior por la noche había resuelto su molestia. No sabía que lo que creó sería recordado por las generaciones posteriores, como el pobre Van Gogh en su locura.
Pero la vida tiene que seguir y así, La morena tenía que seguir su camino pero… ¡no quería irse! Quería deleitarnos su pupila por mucho tiempo… tal vez para siempre, así observaba desde aquel lugar donde fue parida- con ese tamaño no se piensa en otra palabra- tristemente a veces es bueno que el arte desaparezca en cortos instantes, dejándonos a los testigos como tocado como un ángel. Por ello, el dueño del establecimiento tuvo el honor de desaparecerla; así como las personas distinguidas se encargan de romper una botella de algún buen vino sobre el casco de un barco o de una nave nueva, el encargado se dio el lujo de tomar un cuchillo que usualmente los empleados usaban para partir pasteles de cumpleaños y deshizo a la morena.
Lastimosamente, la morena nos observaba desde el fondo con una cara triste pues sabía su destino, y parecía que su cara hacía un gesto de despedida triste, de decir adiós con las golondrinas o de saber que uno viaja a lo desconocido y sin muchas esperanzas cuando el remolino se la llevaba. Jamás la hemos vuelto a ver, ni hemos revisto alguna otra creación natural de ese estilo pero cual belleza natural, sólo bastó una vez para quedarse con esa imagen en la cabeza. Definitivamente, desde ese día y cada que no he comida fibra, no puedo dejar de pensar en La morena.
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Gente común y corriente se convierte en héroe o en artista, de la noche a la mañana. Y aunque no es el caso de este pequeño relato, si cabe recalcar como una persona puede ganar reconocimiento por acciones propias de su naturaleza. He aquí el relato de La morena que fue una obra de arte de una persona con poco que aportar al mundo, digamos, su opera prima.
Dicha master-piece fue gestada en el lugar de inspiración de varios genios, como Ema o yo (modestia aparte), ese lugar donde cosas mágicas pueden ocurrir y no hablo de un modo literal, ahí donde el ser humano se encuentra solo, donde los pensamientos más efímeros cobran vida, el retrete.
Ocurrió en una tienda de discos de un centro comercial cerca de donde habitamos Ema y yo, en un día como cualquier otro. La majestuosa creadora de La morena había tenido molestias abdominales desde hacía cinco días, producto de comer cantidades industriales de comida china y sushi con mucha soya (así es… ¡los cinco días!) ese atentado contra natura lo hizo debido a que surgió su convicción que tenía que subir de peso para así poder quedar embarazada y no tener ningún problema durante su embarazo… y algo así sucedió. La creadora no varía mucho del fenotipo de una muchacha común y corriente habitante de San Agustín de los Miserables en este afamado, parsimonioso, guadalupano e idiosincrático municipio. Podrá imaginársela: estatura baja –menos de 1.50 metros-, complexión delgada (contrario al común “chaparritacuerpodeuva” de esta misma localidad), piel morena de raza de bronce, cabello largo, lacio y negro que llegaba más debajo de su cintura, una cara que hacía recordar a nuestros antepasados y un apetito que los que la conocemos no alcanzábamos a comprender, es decir, ¿Cómo es posible que tanta comida cupiera en un cuerpo tan pequeño? Pues esa pregunta la hicimos aún más después de terminada su magna obra. Volvamos entonces al análisis de la creación de la Gioconda de este personaje.
Como ha sucedido con otros artistas plásticos, esta pequeña mujer permaneció en el anonimato hasta que alguien más descubrió su obra y la publicó a los cuatro vientos. Era la mañana y la tienda había recién abierto. El encargado de la tienda, quien tiene un intestino comprable en exactitud con un reloj suizo o con el 030 del teléfono, acudió al sanitario del establecimiento. Posteriormente dio un voraz grito: “Vengan a ver esta maravilla”. Los empleados de esa tienda acudimos raudos y ahí la vimos: La morena salía de su madriguera y nos saludaba sonriente, nos guiñaba un ojo y se quitaba el sombrero para mostrar respeto a aquellos que desde lejos la observábamos. Era eso, una verdadera obra de arte; la vida que crea vida y la vida que se abre camino por senderos insospechados. No podíamos creer el espectáculo que presenciábamos con esos jóvenes e inocentes ojos, que nos ardían nada más de ver aquel “asunto” TAN concreto.
Las preguntas no se hicieron esperar, pero ¿Quién podría haber causado tal cosa en tan corto tiempo? Y así es, encontramos a la autora. La creadora comentó que después de esos cinco días había tenido un estreñimiento atroz, de esos que requieren algo más que un descorche al asterisco, ahí donde el cuerpo se hace remolino, y que el día anterior por la noche había resuelto su molestia. No sabía que lo que creó sería recordado por las generaciones posteriores, como el pobre Van Gogh en su locura.
Pero la vida tiene que seguir y así, La morena tenía que seguir su camino pero… ¡no quería irse! Quería deleitarnos su pupila por mucho tiempo… tal vez para siempre, así observaba desde aquel lugar donde fue parida- con ese tamaño no se piensa en otra palabra- tristemente a veces es bueno que el arte desaparezca en cortos instantes, dejándonos a los testigos como tocado como un ángel. Por ello, el dueño del establecimiento tuvo el honor de desaparecerla; así como las personas distinguidas se encargan de romper una botella de algún buen vino sobre el casco de un barco o de una nave nueva, el encargado se dio el lujo de tomar un cuchillo que usualmente los empleados usaban para partir pasteles de cumpleaños y deshizo a la morena.
Lastimosamente, la morena nos observaba desde el fondo con una cara triste pues sabía su destino, y parecía que su cara hacía un gesto de despedida triste, de decir adiós con las golondrinas o de saber que uno viaja a lo desconocido y sin muchas esperanzas cuando el remolino se la llevaba. Jamás la hemos vuelto a ver, ni hemos revisto alguna otra creación natural de ese estilo pero cual belleza natural, sólo bastó una vez para quedarse con esa imagen en la cabeza. Definitivamente, desde ese día y cada que no he comida fibra, no puedo dejar de pensar en La morena.